La batalla legal por CRISPR suma otro problema a todos los que ya tiene la ciencia contemporánea

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Durante estos años, mientras hablábamos de las posibilidades de CRISPR y las nuevas técnicas de edición genética, en un despacho de Estados Unidos dos universidades se disputaban el futuro de la ingeniería genética y los 46.000 millones de dólares que podría generar la patente.

Ahora, por fin, tenemos una sentencia que resuelve (parcialmente) el problema. Y pese a que el desarrollo biotecnológico ha hecho que no fuera tan trascendental como parecía hace un par de años, la sentencia puede acabar por mandar un mensaje muy peligroso a los científicos de todo el mundo.

Una batalla a muerte por 46.000 millones de dólares

Doudna Charpentier

Un poco después de que el equipo de Doudna y Charpentier usara por primera vez CRISPR como un "bisturí molecular" para editar el genoma, en un laboratorio de Massachusetts Feng Zhang y su equipo ampliaban el potencial de la técnica al aplicarla a células eucariotas (es decir, las células de los organismos complejos). Ahí está toda la disputa.

Cuando el 15 de marzo de 2013, la Universidad de California solicitó una patente para el método CRISPR-Cas9 en "células no humanas", en las oficinas legales del MIT vieron cómo se les volvía a escapar otra patente clave.

Las patentes están en el origen de la batalla científico-legal más importante del momento

En 1974, Stanford y la Universidad de California habían patentado la tecnología del ADN recombinante. En aquellos años, los royalties alcanzaron los 255 millones de dólares; la cantidad ahora era mucho más alta (decenas de miles de millones), pero sobre todo parecía estar en juego quién iba a liderar la revolución biotecnológica que se avecinaba.

Así que en el MIT decidieron jugársela y solicitaron, por el procedimiento rápido, la patente de CRISPR para células humanas. Es decir, estaban apostando por llevarse para casa todas las aplicaciones clínicas que pudieran existir. La guerra estaba en marcha.

La batalla se recrudece

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El 15 de abril de 2014, se concedió la patente del MIT mientras la de la Universidad de California seguía aún en proceso de revisión. La batalla se volvió muy turbia. En ese momento, el Instituto Broad del MIT comenzó a emitir licencias de explotación de la técnica. Así que los abogados californianos solicitaron un "procedimiento de interferencia". Es decir, sostenían que las patentes de Zhang interferían con las de Doudna.

El resultado de esta primera batalla legal es que, según la justicia norteamericana, esa interferencia no existe. En una decisión de 51 páginas, los jueces entienden que las posibles aplicaciones clínicas de CRISPR no se derivan 'obviamente' de los trabajos de Doudna y Charpentier. Es decir, que la patente del MIT sigue en pie. Al menos, por ahora, dado que todos esperamos que la Universidad de California recurra la decisión.

¿Cómo nos afecta esto?

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Cuando empezó la disputa, parecía una batalla clave para definir el futuro de la ingeniería genética. Sobre todo, por los movimientos que empezaron a pedir un cambio de la ley de patentes que liberara estas tecnologías cruciales.

Desde entonces, el movimiento antipatentes se ha difuminado y Zhang y su equipo descubrieron una nueva versión patentada con el nombre de Editas, CPF1. Ante la efervescencia del campo, todo parece indicar que aparecerán técnicas nuevas que romperán el monopolio que se esperaba.

El problema ahora es el mensaje que manda a los investigadores: la ciencia abierta puede volverse en su contra

No obstante, sí hay una consecuencia muy negativa: lo que significa este dictamen para la ciencia abierta. Los jueces se han basado en declaraciones públicas de Doudna para llegar a su conclusión. Y eso puede mandar un mensaje muy problemático a los científicos.

En un mundo donde las patentes se están convirtiendo en una baza estratégica clave para financiar la ciencia, este dictamen puede cambiar significativamente la forma en que las universidades y los centros de investigación se comunican. Si nos descuidamos un poco, nos encontraremos en un entorno bunquerizado y lleno de secretismo donde la colaboración sea casi un imposible: un entorno perfecto para ahondar en los problemas que ya tenemos.

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La batalla legal por CRISPR suma otro problema a todos los que ya tiene la ciencia contemporánea

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Javier Jiménez

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