Tu próxima tele podría venir en dos “piezas” y, si los fabricantes quieren, tendrá todo el sentido del mundo

Samsung Qled

Echa un vistazo a la foto que encabeza este artículo. Se trata de uno de los nuevos televisores QLED de Samsung expuesto en un entorno real (vamos, no hay Photoshop ni retoque), al que hay conectado una Xbox One, un Apple TV y un decodificador de Movistar+. Seguro que pronto hay algo que te llama la atención: no hay cables visibles (y no, tampoco van por detrás de la pared). Si lo pudieras ver de perfil, también te sorprendería ver que la pantalla está pegada a la pared como si de un cuadro se tratase. ¿Y los cables? ¿Y la "ventilación"?

Del panel del modelo que te mostramos tan sólo salen dos cables: el de alimentación y uno propietario de Samsung. Ambos cables bajan por una canaleta que los oculta hasta el armario que se puede ver a la izquierda. No se aprecia en la foto porque está tapado, pero el cable "invisible" de Samsung es de fibra, fino, transparente y por él pasa toda la información al televisor. El panel, por tanto, puede "pegarse" a la pared casi por completo gracias a una montura especial.

Captura De Pantalla 2017 02 13 A Las 19 51 22 Cable de "Conexión invisible" de Samsung: éste, junto al cable de alimentación, es el único cable que va directamente al panel de las nuevas QLED

El "cerebro" de la tele, un dispositivo independiente

Samsung Qled One Connect Samsung One Connect: el "cerebro" de las nuevas QLED va en un dispositivo independiente, al que se conectan todos los cables

Pero volvamos al armario de la izquierda. En él se aloja el verdadero "cerebro" del televisor: le llaman Samsung One Connect y tiene forma de decodificador, pero en realidad en su interior está la CPU y todos los demás componentes que necesita el televisor para funcionar. También actúa como "hub" de conexiones: a él van conectados todos los dispositivos de los que hablaba el principio, y de él sale el cable "invisible" hacia la pantalla.

En las nuevas QLED, por un lado está el panel y, por otro, el One Connect (el "cerebro" de la tele), como si se tratara de un ordenador

Aunque Samsung ha apostado por esta "caja" adicional para su nueva línea de televisores QLED, en realidad llevan desde 2013 ofreciendo distintas opciones de One Connect y probando diferentes estrategias. La Samsung KS9000 del año pasado, así como otros modelos de sus gamas altas, incluían una cajita denominada Samsung One Connect Mini, que simplemente actuaba como una caja de conexiones (con HDMIs, USBs y entrada de antena, por ejemplo).

Samsung One Connect Mini Ks9000 El One Connect Mini de la Samsung KS9000 era simplemente una "caja" de conexiones

Aunque nunca fue demasiado conocido, en 2015 también llegaron a vender un One Connect Box Evolution Kit, que permitía que televisores de 2013 y 2014 tuvieran un mejor rendimiento y pudieran utilizar la misma interfaz (mando a distancia incluido) y Smart TV que el de los modelos que acababan de llegar al mercado. En el caso de aquel modelo concreto, por ejemplo, con la potencia añadida las teles ya tenían suficientes recursos para reproducir vídeos de YouTube en 4K.

¿Por qué entonces estamos en pleno 2017 hablando de esto? Porque por primera vez Samsung utiliza esto como argumento en la promoción de su nueva generación de televisores QLED. ¿Su razón? Gracias a esto y su nuevo cable son capaces de ofrecer la experiencia sin cables que algunos añoramos. Pero los televisores modulares podrían tener todavía una mayor razón para existir si los fabricantes apostaran de verdad por ellos.

No sólo Samsung: también Xiaomi y LG

Lg Signature Cpu

Samsung no es la única marca que lleva un tiempo experimentando con algo similar, y es que es normal que vayamos viendo alternativas de este tipo cuando cada vez más los fabricantes están apostando por hacer los televisores más finos. Los nuevos televisores LG Signature de este año llevan una especie de "mesita" que tiene función de sistema de sonido y, aunque LG no lo especificó en su presentación, se encargan de toda la conectividad, de la CPU y del resto de componentes. Si no fuera así, difícilmente podrían conseguir esos 3 mm de grosor de los que presumen.

Como puede verse en el vídeo de montaje que han publicado recientemente, de la pantalla sale un único cable que va directamente al sistema de sonido que, a su vez, recibe el resto de conexiones:

La obsesión de los fabricantes por ofrecer las teles más delgadas y las mejores experiencias "sin cables" hacen que cada vez veamos más televisores en dos "piezas": la pantalla y el "corazón" independiente

Quien no lo oculta, sino que más bien presume de ello, es Xiaomi: durante el CES presentó el Mi TV 4, un televisor de 4,9 mm en su parte más delgada que incluye una barra de sonido independiente. La barra de sonido no sólo se ocupa del audio, sino que a ella van todas las conexiones y toda la parte electrónica del televisor. Ésta se conecta al panel con un Mi Port, un único cable propietario por el que pasan todos los datos.

Mi4tv La Mi TV Bar es la que lleva las conexiones: a la pantalla en sí sólo va un cable, el Mi Port, además del de alimentación

"El diseño de TV modular separa de forma inteligente la placa base y el sistema de sonido de la pantalla, y por tanto permite actualizaciones de la placa base independientes", explican en el sitio web de Xiaomi. Los modelos 3 (2015) y 3S (2016) ya utilizaban un sistema similar, pero hasta ahora el fabricante chino no había incidido en ello como una ventaja.

Tiene sentido, pero los fabricantes tienen que cumplir su parte

Sí, sé lo que alguien puede estar pensando: "otro aparato más a meter en el salón, como si ya hubiera pocos". Y ese alguien tiene toda la razón: no deja de ser un dispositivo independiente que, en el caso de Samsung, no tiene una funcionalidad específica adicional. LG y Xiaomi al menos te incluyen el sonido, algo muy necesario cuando hablamos de teles muy delgadas y sin posibilidad física de ofrecer un buen audio.

Sin embargo, este diseño "modular" tiene sus ventajas. Desde el punto de vista de la estética, hace que ocultar los cables sea mucho más sencillo (tan sólo hace falta uno entre pantalla y "cerebro") y permite que los paneles parezcan cuadros, "pegados" a la pared como si así lo fueran. Fuera conectores por la parte trasera del panel y fuera cables colgando.

Captura De Pantalla 2017 02 13 A Las 19 19 33 A la izquierda, tele con montura convencional. A la derecha, tele Samsung QLED con montura pegada a la pared

Estos diseños por ahora se suelen ver sólo en los modelos de las gamas más altas de los principales fabricantes, por lo que no es extraño que las gamas medias y las gamas bajas todavía no dispongan de cajas de conexión similares. Supongo que será cuestión de tiempo: en cuanto las teles ultrafinas bajen de precio y lleguen a más gamas, seguramente veremos este tipo de módulos en modelos mucho más asequibles.

Pero la verdadera utilidad de que un televisor se componga de dos piezas separadas es lo fácil que, siempre que los fabricantes quieran, pueden permitir que cualquier persona con un modelo de unos años de antigüedad pueda renovar, en mayor o menor medida, sus funcionalidades. Y esto, en dispositivos caros que renovamos con muy poca frecuencia y especialmente ahora que hay tantos avances y cambios de un año para otro, puede ser algo a tener muy en cuenta.

¿Cada cuánto cambias de televisor? El ciclo de renovación es de muchos años y un televisor que lo "petara" en 2013 hoy ya está desfasado

Y si no que se lo digan a quien gasta ahora 2.000 euros o más en una tele y al año siguiente le queda "desfasada". Sin falta de irse a tanto dinero, para gamas bajas y medias también puede ser útil. En mi caso, una Smart TV de gama media comprada en 2013 se ha quedado totalmente anticuada en software (Netcast 4.5), potencia (aplicaciones que van a pedales) y conectividad (pocos puertos y versiones antiguas). La parte del software se puede solucionar comprando otro aparato adicional, pero ¿si lo solucionaras todo con un único módulo?

Si el día de mañana tu fabricante cambia el sistema operativo de su Smart TV, la interfaz de sus menús, el mando a distancia e incluso introduce mejoras en el procesado de la imagen que sólo son posibles gracias a un aumento de capacidad del procesador, podría incluir todas estas novedades en una "caja" nueva que poder ofrecer a los poseedores de modelos de años anteriores. Que nadie espere que una actualización de este tipo vaya a hacer que su actual tele 4K vaya a convertirse en el futuro 8K (el panel sigue siendo el mismo), pero hay muchos otros componentes en un televisor que van mejorando cada año.

No sabemos si los modelos QLED de Samsung o los Signature (2017) de LG serán actualizables; Xiaomi ya ha confirmado que su Mi 4 TV sí lo será

Aunque, para que todo esto tenga sentido de verdad, los fabricantes tienen que ponerse las pilas y comprometerse a que sus teles sean actualizables durante X años. Ni Samsung ni LG se han pronunciado al respecto sobre sus modelos de 2017, aunque parece poco probable que sean candidatos a recibir una actualización de hardware en 2018 (si lo fueran, seguramente lo habrían anunciado por todo lo alto para dar tranquilidad a sus posibles compradores). Xiaomi sí lo ha confirmado, aunque sin dar más detalles sobre hasta cuándo. Para que los televisores modulares tengan sentido más allá de de la pura estética, hace falta que los fabricantes se comprometan.

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Tu próxima tele podría venir en dos "piezas" y, si los fabricantes quieren, tendrá todo el sentido del mundo

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María González

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Y si las máquinas pudieran hacer lo que quieran, ¿qué?: la paradoja del libre albedrío en robots

Año 2043. Reino Unido es el último reducto de la WCC (Western Countries Confederation) en Europa, ante el imparable avance del DAESH. Un dron de exploración británico realiza un barrido por las orillas del Támesis. Con su sensor térmico detecta el avance de un grupo de soldados enemigos. Analiza y evalúa: diecisiete soldados, todos hombres (sabe eso debido a que analiza la forma de caminar, y la complexión y proporciones corporales), armados con armamento ligero y un lanzagranadas. En milisegundos, manda las coordenadas del objetivo a otro dron, esta vez a un bombardero X-54, quien, de nuevo en otros pocos milisegundos, lanzará una lluvia de misiles sobre los desdichados soldados Sin embargo, los sensores del dron de exploración detectan nuevos enemigos. Entre las ruinas de lo que antes fue la abadía de Westminster, avanzan cuatro blindados autónomos de clase T-95. Son un objetivo estratégicamente muy jugoso (cada tanque de este tipo le cuesta al DAESH unos dos millones de dólares), mucho más interesante que el grupo de soldados. Pero hay un problema. Los estrategas del DAESH descubrieron que había un tipo de blindaje para sus carros de combate, mucho más efectivo que el usual blindaje reactivo: el antiguo escudo humano. El objetivo era confundir la inteligencia artificial de las armas autónomas enemigas o, como mínimo, retrasar sus decisiones. El cerebro positrónico de un dron de la WCC tomaba decisiones siguiendo a rajatabla la Convención de Massachusetts de 2036, en la que 136 países aprobaron un código ético mundial para armas autónomas, conocido popularmente como BH (el Bushido de HAL). Según este código, un arma autónoma siempre evitará el mayor número de víctimas humanas posibles, por lo que a la hora de elegir el objetivo para un ataque, siempre elegirá a otra arma autónoma antes que a un grupo de soldados. La táctica del DAESH consistía en atar a unos cuantos prisioneros, si pueden ser civiles mejor, a lo largo de la carrocería de sus tanques. Entonces el dron tenía dos opciones: Dirigir los misiles hacia el grupo de diecisiete soldados. Todo correcto a nivel ético y legal: se mata a personas pero son soldados enemigos ocupando territorio soberano. Dirigir los misiles hacia los T-95. Se ocasionarían víctimas humanas del propio bando, generando intencionalmente daños colaterales y, por lo tanto, violando claramente el BH. Sin embargo, eliminar esos carros enemigos supondría una ventaja decisiva en la batalla que, casi con total probabilidad, evitaría más muertes que ocasionaría. ¿Qué hacer? ¿Violar tu propio código ético, o ser práctico y ganar la batalla haciendo, quizá, un mal menor? El dron piensa y actúa: los blindados enemigos son destruidos. Los programadores de la empresa Deep Mind encargados de diseñar el cerebro computerizado de la máquina dejaron una puerta trasera mediante la que los compradores podían reprogramar la conducta de su arma a su antojo. Los oficiales del ejército británico lo tuvieron claro: ganar la batalla era lo primero y unas cuantas bajas humanas, incluso de civiles, se justificaban en función de intereses estratégicos superiores. La Batalla de Londres se venció e, igualmente que le pasó a Hitler justo un siglo antes, la invasión de Gran Bretaña fue un fracaso. El DAESH y la WCC llegaron a un armisticio temporal. Todo pareció salir bien hasta que se descubrió que uno de los fallecidos utilizados como escudos humanos era la hija de Walter Smithson, un influyente multimillonario, dueño de una de las cadenas de restaurantes más importantes del mundo. El 2 de junio de 2044 interpuso una demanda al ejército británico por la acción de su dron. Legalmente la demanda era totalmente correcta: el dron había desobedecido la Convención de Massachusetts ocasionando bajas civiles. Correcto pero, ¿quién era el responsable de la acción? Los ingenieros de Deep Mind se lavaron las manos: ellos habían programado el dron para no desobedecer la ley. Si el ejército inglés lo había reprogramado para hacerlo, no era culpa suya. Todas las miradas apuntaron entonces al general Pierce Montgomery, responsable de armas autónomas del ejército de su Majestad. Pero, cuando todo indicaba que el laureado militar pagaría el pato, sus abogados utilizaron una sorprenderse estrategia: alegaron que el auténtico responsable era el dron, ya que había decidido atacar a los civiles con total y absoluto libre albedrío. ¿Qué es el libre albedrío? Definición de andar por casa: si nos encontramos ante la decisión de tener que elegir entre A o B, podemos elegir A o B sin que nada ni nadie nos obligue a hacerlo. La vamos desgranando: ¿qué quiere decir que algo o alguien nos obligue? Que alguien nos obligue lo entendemos muy bien (alguien apuntándome con una pistola), pero que “algo” nos obligue, ¿qué significa? Un ejemplo: yo vuelvo a mi casa a las tres de la mañana y quiero abrir la puerta. Estoy completamente borracho por lo que no atino a meter la llave por la cerradura. Yo quiero, deseo con toda mi alma abrir la puerta pero algo, en este caso la insalubre cantidad de etanol que fluye por mis venas y atonta mi cerebro, me impide realizar la acción que yo quiero hacer. En este caso, el alcohol es lo que llamamos un condicionante: algo que nos obliga, o como mínimo inclina, a obrar de una determinada manera. Es por eso que, en un juicio, los condicionantes se convierten en atenuantes. Los abogados de un presunto criminal aducen multitud de condicionantes para restar responsabilidad a las fechorías de su cliente. Un crimen cometido con premeditación y alevosía (es decir, con plena y total libertad) es castigado mucho más gravemente que otro que se cometiera bajo los efectos del alcohol o con la salud mental dañada (por eso los abogados de las películas alegan tanto la locura transitoria). Grandes filósofos como Rousseau o Kant, entendían la libertad como autonomía, es decir, como darse normas a uno mismo, siempre que esas normas fueran fruto de una decisión racional Incluso, los crímenes pasionales son, igualmente, menos castigados que los cometidos a sangre fría, arguyendo que las emociones ofuscan o confunden nuestro libre albedrío y nos empujan a hacer actos que, en estado normal, no haríamos. Las emociones se consideran también condicionantes. Desde los antiguos griegos, un imperativo vital ha sido siempre no dejarse llevar por las emociones, controlarlas. Actuar libremente, no consiste en actuar guiándote ni por altos o bajos instintos (pasiones) ni por ningún otro condicionante (cualquier tipo de estado mental alterado) ¿Qué es entonces lo que impulsa a actuar libremente? Una de las instancias más repetidas por la tradición occidental ha sido la razón práctica o deliberativa. Tenemos una facultad mental que nos permite decidir entre A y B. Los condicionantes pueden influirla pero, en último término, es ella la que elige. Grandes filósofos como Rousseau o Kant, entendían la libertad como autonomía, es decir, como darse normas a uno mismo, siempre que esas normas fueran fruto de una decisión racional, es decir, hubieran sido meditadas por nuestra razón práctica. Si yo decido escoger A porque, después de pensarlo muy bien, creo que escoger A es lo mejor que puedo hacer, estaré obrando libremente. Perfecto, pero aquí hay un grave problema ¿De dónde surgen las razones mediante las cuales yo guío mi acción libre? ¿Elijo mis pensamientos, mis razonamientos, las creencias que me orientan en mi vida? Parece que no. El psicólogo norteamericano Daniel Wegner nos invita a hacer un simplísimo juego para demostrarlo: intentad no pensar en un oso blanco. Es difícil, tarde o temprano el oso blanco volverá a emerger a nuestra memoria consciente por mucho que intentemos no pensar en él. En internet había una versión del juego llamado, con suma originalidad, the game, que consistía, precisamente, en intentar no pensar nunca en el propio juego. Lo divertido es que el ganador sería aquel que consiguiera olvidar que estaba jugando y, en cuanto a tal, jamás sabría que había ganado. El filósofo holandés Baruch Spinoza argumentaba que el libre albedrío es solo una ilusión ocasionada por nuestro limitado entendimiento a la hora de conocer las causas de nuestra conducta Entonces, si no elijo mis pensamientos y deseos y éstos determinan mis acciones, yo no elijo mis acciones… ¡No soy libre! Pero, ¿cómo es posible? ¡Yo siento que soy libre! Ahora mismo pienso en mover mi brazo y lo muevo… ¿cómo podríamos decir que yo no lo estoy moviendo libremente? Porque el libre albedrío es una ilusión. Baruch Spinoza (1632-1677) El filósofo holandés Baruch Spinoza argumentaba que el libre albedrío es solo una ilusión ocasionada por nuestro limitado entendimiento a la hora de conocer las causas de nuestra conducta. Vamos a entenderlo con un ejemplo: Juan asesina a su mujer disparándole con un revolver ¿Cuál fue la causa? Causa 1: Juan encuentra a su mujer en la cama con un amante, por lo que decide libremente apretar el gatillo. Causa 2: Luisa, la mujer de Juan, arriesgó mucho al pensar que Juan no volvería hoy del trabajo tan pronto. Si hubiese sido más prudente Juan no la hubiera descubierto con su amante. Causa 3: Manuel, el jefe de Juan, se encuentra de buen humor porque el Getafe, su equipo de fútbol favorito, ha ganado hoy. Por eso deja salir a Juan una hora antes del trabajo. Causa 4: Martín, el entrenador del Getafe, decidió sacar en el segundo tiempo a un prometedor jugador de la cantera con el que habitualmente no cuenta. Ese jugador, al borde del minuto 90, metió el gol de la victoria. Causa 5: Eloy, promesa de la cantera del Getafe, estuvo a punto de abandonar su carrera futbolística debido a que no contaba para nada para los diversos entrenadores que habían pasado por el equipo. Sin embargo, su padre habló con él y le convenció para que no abandonará. Causa 6: Marcos, el padre de Eloy, quiso también ser futbolista profesional. Sin embargo, dejó muy pronto su carrera deportiva porque le ofrecieron un trabajo muy bien pagado en una emergente empresa de informática llamada Apple. Siempre se arrepintió de haber dejado el fútbol, por lo que siempre animará a su hijo a que continúe. Recapitulamos. Si cualquiera de estas causas no se hubieran dado, es muy probable que Juan no hubiese asesinado a su mujer. Todas estas causas están encadenadas como piezas de dominó, de modo que una es condición para la siguiente (es un ejemplo del conocido efecto mariposa) pero podemos hablar de más condiciones aún: Causa 7: Pedro, el dueño de la armería, pospuso sus vacaciones una semana más, por lo que Juan pudo comprar su revólver al no encontrar la armería cerrada. Causa 8: Carlos, el amante de Luisa, chocó accidentalmente con ella cuando caminaba distraído mirando los cuadros de un museo. Sin ese choque jamás se hubieran conocido. Incluso podemos irnos a condiciones más lejanas pero, igualmente, necesarias para que ocurriera el crimen: Causa 9: los chinos inventan la pólvora y múltiples desarrollos tecnológicos van perfeccionando su uso hasta llegar al revólver a principios del Siglo XIX. Sin todo ese progreso, Juan no hubiera podido usar esa arma. Y, más lejos aún, podemos llegar a causas que hunden sus raíces en la física más elemental: Causa 10: el oxígeno es necesario como comburente para que la pólvora explote y se produzca el disparo del revólver. Sin oxígeno en la atmósfera, jamás se podría haber disparado revólver alguno y, es más, la especie humana no existiría y la vida en la Tierra sería muy diferente a como es ahora. Tenemos diez condiciones necesarias para que sucediera el asesinato pero, como bien podría hacer el lector como ejercicio de creatividad narrativa, con un poco de imaginación podríamos pensar una infinitud más (formando lo que en términos técnicos se llama nube causal). Sin embargo, decimos que el auténtico causante es, únicamente, el libre albedrío de Juan. A nadie se le ocurriría pensar que el culpable fuera el entrenador del Getafe, el dueño de la armería, los directivos de Apple o, más disparatado aún… ¡el oxígeno! ¿Por qué decimos que fue Juan? Spinoza lo tenía muy claro: es imposible conocer todas las causas que tuvieron algo que ver con el crimen por lo que, simplificamos a lo bestia con nuestros estúpidos cerebros de primate, y seleccionamos solamente una causa: el yo libre de Juan. ¿Sucesos aleatorios? El universo está gobernado por una serie de leyes naturales que, hasta ahora que sepamos, siempre se han mantenido estables desde los orígenes de todo. Algunas de ellas, las más poderosas, son deterministas, es decir, se cumplen siempre y en todo lugar, siendo imposible violarlas (por ejemplo, la gravedad). Otras, sin embargo, son probabilísticas o estocásticas, es decir, que solo se cumplen con un determinado grado de probabilidad (por ejemplo, fumar provoca cáncer de pulmón). Si todo lo que dirige nuestras vidas estuviese regido por leyes deterministas no habría lugar para el libre albedrío: tomaríamos nuestras decisiones de un modo tan obligatorio como el de una pelota cayendo hacia el suelo. Sin embargo, algunos han visto en las leyes probabilistas una vía de escape. Si nuestro cerebro no es una máquina determinista sino que en su funcionamiento participan procesos estocásticos, es posible que allí esté nuestra libertad, en el azar, en la aleatoriedad. Pero, ¿existen realmente sucesos aleatorios? En el mundo a escala humana, parece que no, pero en el mundo cuántico, algunos físicos nos dicen que sí (y otros que no). Si nuestro cerebro no es una máquina determinista sino que en su funcionamiento participan procesos estocásticos, es posible que allí esté nuestra libertad, en el azar, en la aleatoriedad. ¿Qué es un suceso aleatorio? Aquel que ocurre sin una causa que lo determine de modo que, incluso conociendo todas las variables que se dan en el proceso, sea imposible predecir su comportamiento. En este sentido, un suceso aleatorio podría parecerse mucho a un acto libre ya que, igualmente, el acto libre necesita no tener una causa que lo determine, necesita ser una causa sin causa o incausada. ¿Es entonces un suceso aleatorio un acto libre? Lo sentimos pero no. Que algo sea aleatorio solo implica dos cosas: Que, aceptando la verdadera aleatoriedad cuántica, sucede sin causa alguna, sin nada que determine su conducta. Pero eso no implica que sea fruto de una decisión libre. Aceptando que el lanzamiento de una moneda es un acto realmente aleatorio, la moneda no toma ninguna decisión, no delibera ni planifica ni desea hacer nada siguiendo un propósito. La moneda no es libre de elegir cara ni cruz. Que, realmente, lo único que pase es que no somos capaces de predecir su comportamiento debido a nuestras limitaciones observacionales o cognitivas, y que el suceso sea, en último término, tan determinista como cualquier otro. Estaríamos de nuevo ante la ignorancia de Spinoza: que desconozcamos las causas de un suceso no implica que éste obre libremente. No amigos, por la aleatoriedad no llegamos a la libertad. Y es que para que una acción sea libre necesitamos no que no esté determinada por nada sino que esté determinada por nuestra voluntad, por nuestras preferencias, valores, deseos… y los actos aleatorios, evidentemente, no lo están. ¿El Yo como fuente de libertad? Para que un acto sea libre tendremos que tener un Yo, una instancia que, realmente decida. Precisamente, el argumento actual más en contra de que las máquinas son libres es que no tienen un Yo, no tienen a nadie que decida en última instancia, solo siguen a rajatabla su programa, sin poder violarlo jamás. ¿Y qué es el Yo? Pregunta complicada donde las hubiere. Muchos lo han identificado con ciertos estados o fenómenos propios de nuestra mente: nuestra consciencia, nuestro “espacio interior” o subjetividad, nuestra sentience (capacidad de tener sensaciones), o ya, en términos religiosos, nuestra alma o espíritu. Sin embargo, la neurología moderna ha ido poniendo en jaque esta idea de Yo: El Yo no puede observarse de ninguna forma, ni siquiera usando la introspección. Si yo me analizo a mí mismo pensando, recordando o sintiendo, lo único que encuentro son pensamientos, recuerdos o sentimientos, pero nunca a ese sujeto que los tiene. Nadie jamás ha observado su yo ni el de nadie ¿En ciencia no ese eso suficiente para negar la existencia de algo? La neurología contemporánea no ha encontrado ningún lugar en el cerebro donde pueda encontrarse el módulo del Yo (aunque hay intentos muy loables). Las investigaciones apuntan más a que cada elemento de la experiencia consciente se procesa en diferentes partes del cerebro. De hecho, uno de los grandes problemas de la neurología actual es el llamado binding problem: ¿cómo se integra y se sincroniza toda la información sensorial en una imagen mental coherente? Los famosos experimentos de Benjamin Libet y muchos otros posteriores, sobre libre albedrío, muestran que los sujetos son conscientes de tomar una decisión después de que la decisión haya sido tomada. La conclusión es totalmente revolucionaria: el Yo, si es que existe, no decide… por lo tanto, no tiene ninguna relación con la libertad. Desde luego, si el libre albedrío es una noción oscura, la de Yo no le va a la zaga… ¿Qué nos queda entonces? ¿Tenemos que renunciar a una idea tan central en nuestro mundo como lo es la libertad? El alegato del general Montgomery Volvemos a la historia de los drones asesinos. Cuando todo parecía indicar que el responsable y, por lo tanto, culpable de todo era el general Montgomery, sus abogados elaboraron una sorprendente defensa: alegaron que el libre albedrío no existía, por lo que el general Montgomery ordenando que sus drones violaran la convención de Massachusetts, era tan poco libre como el dron ejecutando la orden. Entonces, o los dos no son libres y ninguno de ellos tiene responsabilidad en la muerte de la hija de Smithson, o los dos son igualmente libres y entonces, el dron, ejecutor de la acción, es el genuino responsable. El juez comenzó a ponerse nervioso. Si no existía el libre albedrío nadie sería responsable de nada por lo que el sistema judicial era un fraude… ¡Todo el trabajo de su vida no tenía sentido! ¡Tranquilícese señoría! – Repuso uno de los abogados – Tal como defendió el filósofo escocés David Hume, es posible compatibilizar una cierta idea de libertad con el determinismo físico. Se trata de definir como acción libre aquella que no está en contra de las determinaciones de mi propia voluntad. Mis pensamientos, creencias, valores, etc. que causan mi acción están completa y absolutamente determinados por causas anteriores y yo no soy más libre que el dron de combate. Estoy, por decirlo en términos informáticos, programado de antemano por mi naturaleza y mi cultura. Sin embargo, si debido a éstas yo quiero elegir A, y algo externo a mí me impide que yo lo elija, estará poniendo trabas a mi libertad e impidiendo que yo obre libremente. Por decirlo de otra forma: ser libre es poder obrar conforme a lo que estoy determinado. De este modo, podemos juzgar y condenar a cualquier criminal sin que el sistema judicial se venga abajo ¡Es posible justicia sin libertad! Por lo tanto, el dron, actúo siguiendo su programación sin que nadie se interpusiera entre su libre obrar y su objetivo, por lo que es culpable de sus actos. La sentencia sorprendió al mundo: el 28 de agosto de 2044, el dron de combate de tipo R-6 Alpha C con nº de bastidor 365889725E, fabricado y ensamblado en Taiwan por la Hongji Corporation, para la empresa estadounidense Deep Mind, actualmente en propiedad del ejército británico, fue el primer robot de la historia juzgado y condenado en un juicio. El castigo fue ejemplar: desmontar el dron y reciclar sus piezas para otros drones, destruyendo así su individualidad como agente racional (el equivalente robótico a una condena a muerte). No obstante, ni el general Montgomery ni la empresa Deep Mind se fueron del todo de rositas. El general por reprogramar el dron para que pudiese violar la convención de Massachusetts, fue condenado por cómplice e inductor del asesinato. Se le degradó de su rango y se le condenó a pasar tres años en una prisión militar (si bien al final, y de nuevo por la habilidad de sus abogados, no cumplió ninguno). A Deep Mind le cayó una cuantiosa multa por violar ciertas leyes de protección de software que prohibían vender código abierto sobre ciertos productos militares (si bien al final no pagó nada. Se declaró en bancarrota e incapaz de pagar, cambió su nombre por Deep Neuron y se refundó, siendo hoy en día la empresa hegemónica en el diseño de drones de combate). Pero lo más interesante es que esa sentencia creó jurisprudencia y, en cuestión de pocas semanas, los tribunales de todo el mundo estaban llenos de juicios en los que había inmiscuidos robots; y en cuestión de unos años, ya existía una rama del Derecho específica llamada Derecho Computacional, en el que se intentaba legislar para clarificar todo ésta difícil problemática acerca de las máquinas criminales. Sobre Santiago Sánchez-Migallón: Profesor de Filosofía atrapado en un bucle: construir una mente artificial, a la vez que construye la suya propia. Fracasó en ambos proyectos, pero como el bucle está programado para detenerse solo cuando dé un resultado positivo, allí sigue, iteración tras iteración. Quizá no llegue a ningún lado, pero dice que el camino está siendo fascinante. Darwinista, laplaciano y criptoateo, se especializó en Filosofía de la Inteligencia Artificial, neurociencias y Filosofía de la Biología. Es por ello que algunos lo caracterizan de filósofo ciberpunk, aunque esa etiqueta le parece algo infantil. Adora a Turing y a Wittgenstein y, en general, detesta a los postmodernos. Es el dueño del Blog La Máquina de Von Neumann y colabora asiduamente en Hypérbole y en La Nueva Ilustración Evolucionista. Fotos | iStock También te recomendamos Si pregunto mis dudas a Hacienda ¿estoy obligado a acatar su respuesta? Así funcionan las consultas vinculantes El día después de que podamos subir nuestro cerebro a un ordenador y replicarlo en otro lado Los orígenes evolutivos de la moral: ¿monos o dioses? - La noticia Y si las máquinas pudieran hacer lo que quieran, ¿qué?: la paradoja del libre albedrío en robots fue publicada originalmente en Xataka por Santiago Sánchez-Migallón .