De marginado a héroe: la evolución del nerd en la cultura pop

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Se abre el telón. Aparecen una chica que se dice apasionada de la tecnología punta, sin ningún rasgo o atuendo significativo; un chico con los pantalones por los sobacos y tirantes que asegura haber leído todo lo que hay en Internet sobre dinosaurios; una pareja disfrazada, pintura corporal y papel maché mediante, como Pikachu y Geodude de Pokémon. Se cierra el telón, ¿cómo llamarías a cada uno?

La respuesta más obvia es por su nombre de pila, pero si te refieres a meterlos dentro de un determinado saco, es posible que a la primera le llames geek, al segundo nerd y a la pareja, freaks. En el mundo anglosajón hay una cierta distinción entre los tres términos, si bien los dos primeros se usan indistintamente; en nuestro país, todos se suelen englobar bajo el popular término de friki.

Lo que está claro es que la figura del friki en la cultura pop ha evolucionado mucho con los años. ¿Cómo ha pasado de marginado, de ser un término despectivo, a ser una palabra con la que muchos prefieren definirse?

Origen de la palabra

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La palabra nerd apareció publicada por primera vez en 'Si yo dirigiera el zoológico del Dr. Seuss' (1950), pero se trataba de un animal extraño con camiseta negra, patillas y la característica cara que dibujaba el autor a sus creaciones.

Es en 1951 cuando el nerd se convierte en humano gracias a la revista norteamericana Newsweek, que lo señala para designar a personas aburridas y dolorosamente convencionales.

¿Y de dónde vino la palabra? En sí no tiene un origen claro, o por lo menos no hay consenso al respecto. Una de las posibilidades es que derivara de drunk (borracho, en inglés) dado la vuelta, knurd, esto es, alguien en un estado tan sobrio que es aburrido.

Otra, que fuera argot estudiantil derivado de la palabra nert, surgida a su vez en los años 20 de Estados Unidos como plural para una persona a la que se llamara, despectivamente, nut (alguien loco o excéntrico).

Tanto nerd como las alternativas esculpen en esas décadas la imagen que se hace popular: la del chico blanco, con pantalones a la altura de los sobacos y las gafas de pasta arregladas con cinta adhesiva

Al menos, uno no puede fallar si afirma que el término nerd surge en el entorno académico norteamericano, y que fueron el creador del Grinch y la revista antes mencionados los que difundieron el término con éxito mucho más allá de los campus.

De forma paralela, la palabra geek se usaba para las rarezas de los circos, como la mujer barbuda o a personas con deformidades. En efecto, geek y freak se podían usar indistintamente si vivías en la América de posguerra.

Sin noticias de nerd

A lo largo de los 50 y 60, hay tímidos intentos por arreglar lo que no está roto y aparecen alternativas, derivadas de aquel primigenio knurd, que hacen saltar las alarmas de mi corrector de textos y de los editores: gnurd y nurd.

Es obvio que ninguna llegó a funcionar y que caen en el olvido: si ni siquiera tienes claro qué estás nombrando con una determinada palabra, menos sentido tiene buscarle sustituto. Y si quieres una anécdota de las curiosas, que sepas que el mismísimo Philip K. Dick se enorgulleció en su momento de haber sido el que acuñara nurd en primer lugar.

Sea como sea, tanto nerd como las alternativas esculpen en esas décadas la imagen que se hace popular: la del chico blanco, con pantalones a la altura de los sobacos y las gafas de pasta arregladas con cinta adhesiva.

En directo, desde tu pantalla…

saturday night live Saturday Night Live (1978)

La cultura popular se toma su tiempo en abrazar la palabra. Para cuando llegan los 70, ha dado una pirueta semántica y, de nombrar a alguien aburrido y convencional, ya se usa para denominar a alguien aburrido, pero de aspecto desaliñado y con una serie de aficiones poco comunes o extravagantes.

Sin embargo, la serie de televisión que hace despegar la palabra nerd en las pantallas norteamericanas, 'Happy Days', no parece darse cuenta de esto. Surgida a rebufo de la película 'American Graffiti' de George Lucas, este producto nostálgico ambientado en los 50 (¿de verdad pensabas que la mercantilización de la nostalgia es algo actual?) llama nerd al personaje de Potsie, un chico más bien normalito. O quizá no la usa tan mal, porque quien le llama así es Fonzie (Henry Winkler), un tipo tan guay que, por comparación, hace que todos los demás parezcan nerds…

Es con 'Saturday Night Live', en 1978, cuando nerd se usa para el estereotipo que todo el mundo maneja fuera de la televisión. En una serie de sketches protagonizados por Gilda Radner y Bill Murray, el nerd se presenta como un pardillo con corazón. Al final, puedes reírte de ellos, pero no puedes evitar sentir algo de lástima.

¿Y qué ocurre en el mundo real? Que empieza la era de la informática. El nerd abraza cada bit de los ordenadores personales y ambos se hacen inseparables en el imaginario popular: puede ser aficionado a 'Dragones y mazmorras' (aparecido en 1974), a 'Star Wars' (1977) o haber descubierto 'Star Trek' en sindicación, pero seguro que disfrutará picando código frente a la computadora.

Dueños de los 80

Revenge Nerds 'La Revancha de los Novatos' (1984)

Llegamos, por fin, a la década de-fi-ni-ti-va sobre lo nerd, gracias a un tipo de película cuya popularidad explota: esa que está ambientada en institutos y, en una menor parte, en universidades. Una década donde se dibuja un ecosistema escolar que aún colea, aunque sólo sea con fines paródicos, como en 'Infiltrados en clase' (2012).

En 1984, se estrena la piedra de toque para el nerd en la cultura popular, la exitosa comedia 'La revancha de los novatos' (Revenge of the nerds). De esta película deberías darte cuenta de dos cosas: la primera, que los nerds se sitúan al margen de la normalidad y que su venganza supone un desafío al orden establecido; la segunda, que su título en España delata la incapacidad del castellano para dar con una traducción satisfactoria a nerd.

Los 80 es la década de-fi-ni-ti-va sobre lo nerd, gracias a un tipo de película cuya popularidad explota: esa que está ambientada en institutos y, en una menor parte, en universidades

No es extraño entonces que uno de los reyes de los 80, John Hughes, añada a su peculiar mundo cinematográfico al nerd, desde 'Dieciséis velas' a 'La mujer explosiva', pasando por 'Todo en un día'. Hasta el mismísmo Steven Spielberg pone su propia estaca produciendo un guión de Chris Columbus: 'Los Goonies', la cual añade al panteón a una mujer, Stef (Martha Plimpton).

En la televisión, el personaje de Screech (Dustin Diamond) en 'Buenos días, señorita Bliss', que lo mismo no te suena, y su esqueje, 'Salvados por la campana', que seguro que sí, es un nerd sin gafas pero, y esto es importante, orgulloso de serlo.

El mejor amigo de Zack Morris (Mark-Paul Gosselaar) sabe que es nerd, no necesita cambiar eso y en su futuro no existe la posibilidad de “madurar”.

¿He sido yo?

Urkel

Como ocurriera con 'Happy Days', otra serie de televisión nada a contracorriente de la percepción general, quizá porque empieza en los 80 y cubre casi toda la década de los 90: 'Cosas de casa' presenta a Steve Urkel (Jaleel White), el primer nerd afroamericano de calado… y avergonzado de serlo porque le impide conseguir a Laura Winslow (Kellie Shanygne Williams).

Urkel es un personaje fascinante porque, al aparecer en una serie de gran recorrido (9 temporadas) logra el sueño de todo nerd ochentero: ante el crecimiento de su actor tanto en altura como en musculatura, se ven obligados a inventar una subtrama en la que Steve se convierte, máquina metaboloca mediante, en Stefan, un guaperas que siempre se lleva a la chica.

En los 90 los nerds han crecido y, sorpresa, consiguen influencia y visibilidad, al tiempo que pierden la vergüenza. Sólo tienen que librarse del estereotipo.

Y digo que 'Cosas de casa' no supo captar el espíritu de los 90 porque, en esa década, ya está empezando a ser socialmente aceptable reconocerse como nerd, al igual que Screech.

No me confundas: no es que 'Salvados por la campana' sea el producto más influyente del planeta. Como tantas y tantas series, debe su popularidad a una sindicación que emite constantemente los capítulos cuando ésta ya ha terminado en 1992. Pero es que, para ese año, los nerds de los años 70 han crecido y, sorpresa, consiguen influencia y visibilidad, al tiempo que pierden la vergüenza. Sólo tienen que librarse del estereotipo.

Cómo no, toca hablar de Los Simpsons

Un estereotipo que reclama su vigencia, antes de morir, en 'Los Simpsons', dentro del capítulo Homer asiste a la universidad (1993). A quienes le atribuyen a la serie la presciencia y admiran la calidad de los episodios de esa época irrepetible de la familia amarilla, que no teman: el cliché se utiliza para la parodia a las películas de los 80 y su uso nada tiene que ver con el visto en 'Cosas de casa'.

Os voy a ser sincero: el verdadero motivo por el que saco a colación este magnífico y divertido episodio es porque su doblaje es un testimonio de cómo, en aquella época, a los traductores españoles aún les parece inasible lo que significa nerd. Se transforma en gilí, derivado de gilipuertas.

Ahora que hemos traído a la creación de Matt Groening, no está de más recordar que la serie tiene a un nerd en el equipo principal (Lisa Simpson) y a varios suplentes con distintos grados de (¿podemos decir esto?) nerdismo: Milhouse, el tipo de la tienda de cómics, el profesor Frink…hasta Ned Flanders podría entrar en el saco.

Normalizando nerds

Pero vayamos a la desestereotipación. Cuando en 1994 la sitcom 'Friends' presenta al nerd Ross Geller (David Schwimmer), lo hace con un aspecto diametralmente opuesto al empollón con tirantes: como un guaperas, capaz de ligar, si bien sus conocimientos son despreciados por el resto de miembros de la pandilla. Diez temporadas más tarde, el nerd domina el panorama.

Atribuida por error a Bill Gates, la frase “No desprecies a un nerd. Podrías acabar trabajando para uno. Todos podríamos” (Dumbing Down Our Kids, 1996), del profesor y comentarista político Charles J. Sykes, refleja la nueva tendencia, en un contexto en el que la tecnología se ha hecho indispensable.

A finales del siglo XX, puede que no todos los nerds sepan de ordenadores, ni que todos los informáticos sean nerds, pero sí que es más probable que ambas características estén juntas en una misma persona.

Se acabó… ahora me toca a mí

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El cambio de siglo y de milenio trae consigo la explosión nerd. 'Star Wars: Episodio 1 – La amenaza fantasma' (George Lucas, 1999) viene a decir que los fans de Star Wars, cuando las taquillas pierden anualmente espectadores, son capaces de ir en masa y rescatarlas. Y tanto 'X-men' (Brian Singer, 2000) como, sobre todo, el 'Spider-man' (2002) de Sam Raimi, que el espectador proveniente del cómic, que se había alejado por culpa de 'Batman y Robin' (Joel Schumacher, 1997), también.

Los aficionados a la cultura popular, en todas sus variantes, se convierten en el motor económico. Antes, sólo podías comprar una camiseta de superhéroes en tiendas especializadas o por Internet; ahora, las grandes empresas de moda no tienen inconveniente en sacar líneas de ropa de héroes de DC a precios populares. Ellos manejan el dinero y hacia ellos van los cantos de sirena del mercado.

Parafraseando al personaje de Ben Wyatt en la serie 'Parks and recreations' (2009 – 2015), lo nerd es parte de la corriente principal. Y cuando usas la palabra de forma despectiva, demuestras que el que está fuera de onda… eres tú.

Antes, sólo podías comprar una camiseta de superhéroes en tiendas especializadas o por Internet; ahora, las grandes empresas de moda no tienen inconveniente en sacar líneas de ropa de héroes de DC a precios populares

Por otro lado, los geeks consiguen, con el renacimiento de Apple (gracias, Ipod de 2001 y Iphone de 2007) y Steve Jobs mediante, que la informática parezca guay. Surge así la figura del geek chic, un aficionado a la tecnología que marca tendencia.

En este caldo de cultivo, cae por su propio peso que el nerd deje de ser secundario cómico para devenir en protagonista, como demuestra 'The Big Bang Theory', estrenada el mismo año que el iPhone.

La serie de Chuck Lorre dibuja con trazo grueso a sus protagonistas, pero la madurez que logra en sus últimas temporadas, una vez están todos emparejados, la convierten en un ejemplo a seguir para un mundo, por desgracia, demasiado encerrado en sí mismo.

De vuelta a la mazmorra

Porque, ¿qué ocurre con el nerd cuando se hace popular? Que se hace selectivo. Deja atrás los días en los que tiene que mendigar interacción social: desde los dos mil, es él quien elige con quién quedarse.

E Internet promueve ese sentimiento clasista, ahora que no necesitas tener amigos físicamente a tu lado y puedes interactuar con ellos por escrito, voz y vídeo.

Como todo el mundo es nerd y se jalea en masa a los protagonistas de TBBT (¡multiculturales y de ambos sexos, además!), se hace necesario darle una vuelta de tuerca en la ficción para que la cosa no huela a viejo. Abed, de 'Community' (2009 – 2015), es quizás el espécimen más puro y menos maniqueo que ha dado la cultura popular en años. Y dos años después del final de la serie que le vio nacer, sigue imbatible.

¿Qué ocurre con el nerd cuando se hace popular? Que se hace selectivo. Deja atrás los días en los que tiene que mendigar interacción social: desde los dos mil, es él quien elige con quién quedarse.

¿Un último ejemplo de cómo el nerd acelera de cero a héroe? Las series de DC en la cadena CW, el llamado Berlantiverso (en honor a Greg Berlanti, su artífice), están protagonizados en su mayoría por uno. Ya no basta con que sean protagonistas: los nerds son superhéroes.

Marca España

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Me anticipo a tu última pregunta: ¿qué pasa en España? En el terreno de ficción, el nerd no es un estereotipo popular, menos aún para regalarle protagonismo.

Salvo excepciones como por ejemplo Luismi (Manuel Feijóo) y PC (Raúl Peña), ambos en 'Compañeros', el tópico tira más hacia el rarito, como el personaje de Eduardo Antuña en 'La comunidad' (Álex de la Iglesia, 2000), un pervertido que se pasea con un casco de Darth Vader.

Claro que la explosión de la palabra friki, que empieza como algo despectivo, hay que agradecérsela a Javier Cárdenas, que desde los noventa hasta bien entrado el siglo XXI hace caja riéndose de gente como Arlekín o Carlos Jesús.

Me atrevo a decir que por eso se acuña el término friki en nuestro país como alternativa a nerd, a geek, a freak… y que lo mismo te nombra a un fan de 'Juego de tronos' que a Carmen de Mairena.

Volviendo a Cárdenas, su película 'FBI: Frikis buscan incordiar' (2004) es el cénit (o nadir, según se mire) de su carrera con estos personajes. Para cuando abandona ese estilo, la palabra forma parte de nuestro acervo y se hace indispensable para describir lo que los norteamericanos llevaban años dando forma.

Tanto es así que la propia Real Academia de la Lengua arropa la palabra friki en el diccionario, sin adaptaciones. Y que no rabien los puristas, basándose en la entrada de Wikipedia: friki ha fagocitado en nuestro vocabulario a sus competidores anglosajones por el mero hecho de que no suena extranjero.

Pero que no se diga que nuestro país no ha contribuido a la popularización del nerd, ya que es un español, el bloguero Señor Buebo, quien en 2006 bautiza el 25 de mayo, día del estreno de 'Star Wars' en 1977, como el Día del Orgullo Friki.

Esta festividad cierra nuestro círculo y este artículo. Porque en Estados Unidos, esta celebración ha
+ triunfado y se conoce, indistintamente… como Nerd Pride Day y Geek Pride Day.

¿Cuál es vuestro nerd favorito de la cultura popular? ¿Hay alguno en nuestra ficción nacional que se nos ha podido pasar por alto? No dudes en dejarlo por escrito en nuestros comentarios… y que la Fuerza te dé larga vida y prosperidad.

Referencias

En Xataka | La ¿compleja? política intergaláctica: por qué hay quien dice que Star Trek es comunista y Star Wars capitalista

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La noticia

De marginado a héroe: la evolución del nerd en la cultura pop

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Adrián Álvarez

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Y si las máquinas pudieran hacer lo que quieran, ¿qué?: la paradoja del libre albedrío en robots

Año 2043. Reino Unido es el último reducto de la WCC (Western Countries Confederation) en Europa, ante el imparable avance del DAESH. Un dron de exploración británico realiza un barrido por las orillas del Támesis. Con su sensor térmico detecta el avance de un grupo de soldados enemigos. Analiza y evalúa: diecisiete soldados, todos hombres (sabe eso debido a que analiza la forma de caminar, y la complexión y proporciones corporales), armados con armamento ligero y un lanzagranadas. En milisegundos, manda las coordenadas del objetivo a otro dron, esta vez a un bombardero X-54, quien, de nuevo en otros pocos milisegundos, lanzará una lluvia de misiles sobre los desdichados soldados Sin embargo, los sensores del dron de exploración detectan nuevos enemigos. Entre las ruinas de lo que antes fue la abadía de Westminster, avanzan cuatro blindados autónomos de clase T-95. Son un objetivo estratégicamente muy jugoso (cada tanque de este tipo le cuesta al DAESH unos dos millones de dólares), mucho más interesante que el grupo de soldados. Pero hay un problema. Los estrategas del DAESH descubrieron que había un tipo de blindaje para sus carros de combate, mucho más efectivo que el usual blindaje reactivo: el antiguo escudo humano. El objetivo era confundir la inteligencia artificial de las armas autónomas enemigas o, como mínimo, retrasar sus decisiones. El cerebro positrónico de un dron de la WCC tomaba decisiones siguiendo a rajatabla la Convención de Massachusetts de 2036, en la que 136 países aprobaron un código ético mundial para armas autónomas, conocido popularmente como BH (el Bushido de HAL). Según este código, un arma autónoma siempre evitará el mayor número de víctimas humanas posibles, por lo que a la hora de elegir el objetivo para un ataque, siempre elegirá a otra arma autónoma antes que a un grupo de soldados. La táctica del DAESH consistía en atar a unos cuantos prisioneros, si pueden ser civiles mejor, a lo largo de la carrocería de sus tanques. Entonces el dron tenía dos opciones: Dirigir los misiles hacia el grupo de diecisiete soldados. Todo correcto a nivel ético y legal: se mata a personas pero son soldados enemigos ocupando territorio soberano. Dirigir los misiles hacia los T-95. Se ocasionarían víctimas humanas del propio bando, generando intencionalmente daños colaterales y, por lo tanto, violando claramente el BH. Sin embargo, eliminar esos carros enemigos supondría una ventaja decisiva en la batalla que, casi con total probabilidad, evitaría más muertes que ocasionaría. ¿Qué hacer? ¿Violar tu propio código ético, o ser práctico y ganar la batalla haciendo, quizá, un mal menor? El dron piensa y actúa: los blindados enemigos son destruidos. Los programadores de la empresa Deep Mind encargados de diseñar el cerebro computerizado de la máquina dejaron una puerta trasera mediante la que los compradores podían reprogramar la conducta de su arma a su antojo. Los oficiales del ejército británico lo tuvieron claro: ganar la batalla era lo primero y unas cuantas bajas humanas, incluso de civiles, se justificaban en función de intereses estratégicos superiores. La Batalla de Londres se venció e, igualmente que le pasó a Hitler justo un siglo antes, la invasión de Gran Bretaña fue un fracaso. El DAESH y la WCC llegaron a un armisticio temporal. Todo pareció salir bien hasta que se descubrió que uno de los fallecidos utilizados como escudos humanos era la hija de Walter Smithson, un influyente multimillonario, dueño de una de las cadenas de restaurantes más importantes del mundo. El 2 de junio de 2044 interpuso una demanda al ejército británico por la acción de su dron. Legalmente la demanda era totalmente correcta: el dron había desobedecido la Convención de Massachusetts ocasionando bajas civiles. Correcto pero, ¿quién era el responsable de la acción? Los ingenieros de Deep Mind se lavaron las manos: ellos habían programado el dron para no desobedecer la ley. Si el ejército inglés lo había reprogramado para hacerlo, no era culpa suya. Todas las miradas apuntaron entonces al general Pierce Montgomery, responsable de armas autónomas del ejército de su Majestad. Pero, cuando todo indicaba que el laureado militar pagaría el pato, sus abogados utilizaron una sorprenderse estrategia: alegaron que el auténtico responsable era el dron, ya que había decidido atacar a los civiles con total y absoluto libre albedrío. ¿Qué es el libre albedrío? Definición de andar por casa: si nos encontramos ante la decisión de tener que elegir entre A o B, podemos elegir A o B sin que nada ni nadie nos obligue a hacerlo. La vamos desgranando: ¿qué quiere decir que algo o alguien nos obligue? Que alguien nos obligue lo entendemos muy bien (alguien apuntándome con una pistola), pero que “algo” nos obligue, ¿qué significa? Un ejemplo: yo vuelvo a mi casa a las tres de la mañana y quiero abrir la puerta. Estoy completamente borracho por lo que no atino a meter la llave por la cerradura. Yo quiero, deseo con toda mi alma abrir la puerta pero algo, en este caso la insalubre cantidad de etanol que fluye por mis venas y atonta mi cerebro, me impide realizar la acción que yo quiero hacer. En este caso, el alcohol es lo que llamamos un condicionante: algo que nos obliga, o como mínimo inclina, a obrar de una determinada manera. Es por eso que, en un juicio, los condicionantes se convierten en atenuantes. Los abogados de un presunto criminal aducen multitud de condicionantes para restar responsabilidad a las fechorías de su cliente. Un crimen cometido con premeditación y alevosía (es decir, con plena y total libertad) es castigado mucho más gravemente que otro que se cometiera bajo los efectos del alcohol o con la salud mental dañada (por eso los abogados de las películas alegan tanto la locura transitoria). Grandes filósofos como Rousseau o Kant, entendían la libertad como autonomía, es decir, como darse normas a uno mismo, siempre que esas normas fueran fruto de una decisión racional Incluso, los crímenes pasionales son, igualmente, menos castigados que los cometidos a sangre fría, arguyendo que las emociones ofuscan o confunden nuestro libre albedrío y nos empujan a hacer actos que, en estado normal, no haríamos. Las emociones se consideran también condicionantes. Desde los antiguos griegos, un imperativo vital ha sido siempre no dejarse llevar por las emociones, controlarlas. Actuar libremente, no consiste en actuar guiándote ni por altos o bajos instintos (pasiones) ni por ningún otro condicionante (cualquier tipo de estado mental alterado) ¿Qué es entonces lo que impulsa a actuar libremente? Una de las instancias más repetidas por la tradición occidental ha sido la razón práctica o deliberativa. Tenemos una facultad mental que nos permite decidir entre A y B. Los condicionantes pueden influirla pero, en último término, es ella la que elige. Grandes filósofos como Rousseau o Kant, entendían la libertad como autonomía, es decir, como darse normas a uno mismo, siempre que esas normas fueran fruto de una decisión racional, es decir, hubieran sido meditadas por nuestra razón práctica. Si yo decido escoger A porque, después de pensarlo muy bien, creo que escoger A es lo mejor que puedo hacer, estaré obrando libremente. Perfecto, pero aquí hay un grave problema ¿De dónde surgen las razones mediante las cuales yo guío mi acción libre? ¿Elijo mis pensamientos, mis razonamientos, las creencias que me orientan en mi vida? Parece que no. El psicólogo norteamericano Daniel Wegner nos invita a hacer un simplísimo juego para demostrarlo: intentad no pensar en un oso blanco. Es difícil, tarde o temprano el oso blanco volverá a emerger a nuestra memoria consciente por mucho que intentemos no pensar en él. En internet había una versión del juego llamado, con suma originalidad, the game, que consistía, precisamente, en intentar no pensar nunca en el propio juego. Lo divertido es que el ganador sería aquel que consiguiera olvidar que estaba jugando y, en cuanto a tal, jamás sabría que había ganado. El filósofo holandés Baruch Spinoza argumentaba que el libre albedrío es solo una ilusión ocasionada por nuestro limitado entendimiento a la hora de conocer las causas de nuestra conducta Entonces, si no elijo mis pensamientos y deseos y éstos determinan mis acciones, yo no elijo mis acciones… ¡No soy libre! Pero, ¿cómo es posible? ¡Yo siento que soy libre! Ahora mismo pienso en mover mi brazo y lo muevo… ¿cómo podríamos decir que yo no lo estoy moviendo libremente? Porque el libre albedrío es una ilusión. Baruch Spinoza (1632-1677) El filósofo holandés Baruch Spinoza argumentaba que el libre albedrío es solo una ilusión ocasionada por nuestro limitado entendimiento a la hora de conocer las causas de nuestra conducta. Vamos a entenderlo con un ejemplo: Juan asesina a su mujer disparándole con un revolver ¿Cuál fue la causa? Causa 1: Juan encuentra a su mujer en la cama con un amante, por lo que decide libremente apretar el gatillo. Causa 2: Luisa, la mujer de Juan, arriesgó mucho al pensar que Juan no volvería hoy del trabajo tan pronto. Si hubiese sido más prudente Juan no la hubiera descubierto con su amante. Causa 3: Manuel, el jefe de Juan, se encuentra de buen humor porque el Getafe, su equipo de fútbol favorito, ha ganado hoy. Por eso deja salir a Juan una hora antes del trabajo. Causa 4: Martín, el entrenador del Getafe, decidió sacar en el segundo tiempo a un prometedor jugador de la cantera con el que habitualmente no cuenta. Ese jugador, al borde del minuto 90, metió el gol de la victoria. Causa 5: Eloy, promesa de la cantera del Getafe, estuvo a punto de abandonar su carrera futbolística debido a que no contaba para nada para los diversos entrenadores que habían pasado por el equipo. Sin embargo, su padre habló con él y le convenció para que no abandonará. Causa 6: Marcos, el padre de Eloy, quiso también ser futbolista profesional. Sin embargo, dejó muy pronto su carrera deportiva porque le ofrecieron un trabajo muy bien pagado en una emergente empresa de informática llamada Apple. Siempre se arrepintió de haber dejado el fútbol, por lo que siempre animará a su hijo a que continúe. Recapitulamos. Si cualquiera de estas causas no se hubieran dado, es muy probable que Juan no hubiese asesinado a su mujer. Todas estas causas están encadenadas como piezas de dominó, de modo que una es condición para la siguiente (es un ejemplo del conocido efecto mariposa) pero podemos hablar de más condiciones aún: Causa 7: Pedro, el dueño de la armería, pospuso sus vacaciones una semana más, por lo que Juan pudo comprar su revólver al no encontrar la armería cerrada. Causa 8: Carlos, el amante de Luisa, chocó accidentalmente con ella cuando caminaba distraído mirando los cuadros de un museo. Sin ese choque jamás se hubieran conocido. Incluso podemos irnos a condiciones más lejanas pero, igualmente, necesarias para que ocurriera el crimen: Causa 9: los chinos inventan la pólvora y múltiples desarrollos tecnológicos van perfeccionando su uso hasta llegar al revólver a principios del Siglo XIX. Sin todo ese progreso, Juan no hubiera podido usar esa arma. Y, más lejos aún, podemos llegar a causas que hunden sus raíces en la física más elemental: Causa 10: el oxígeno es necesario como comburente para que la pólvora explote y se produzca el disparo del revólver. Sin oxígeno en la atmósfera, jamás se podría haber disparado revólver alguno y, es más, la especie humana no existiría y la vida en la Tierra sería muy diferente a como es ahora. Tenemos diez condiciones necesarias para que sucediera el asesinato pero, como bien podría hacer el lector como ejercicio de creatividad narrativa, con un poco de imaginación podríamos pensar una infinitud más (formando lo que en términos técnicos se llama nube causal). Sin embargo, decimos que el auténtico causante es, únicamente, el libre albedrío de Juan. A nadie se le ocurriría pensar que el culpable fuera el entrenador del Getafe, el dueño de la armería, los directivos de Apple o, más disparatado aún… ¡el oxígeno! ¿Por qué decimos que fue Juan? Spinoza lo tenía muy claro: es imposible conocer todas las causas que tuvieron algo que ver con el crimen por lo que, simplificamos a lo bestia con nuestros estúpidos cerebros de primate, y seleccionamos solamente una causa: el yo libre de Juan. ¿Sucesos aleatorios? El universo está gobernado por una serie de leyes naturales que, hasta ahora que sepamos, siempre se han mantenido estables desde los orígenes de todo. Algunas de ellas, las más poderosas, son deterministas, es decir, se cumplen siempre y en todo lugar, siendo imposible violarlas (por ejemplo, la gravedad). Otras, sin embargo, son probabilísticas o estocásticas, es decir, que solo se cumplen con un determinado grado de probabilidad (por ejemplo, fumar provoca cáncer de pulmón). Si todo lo que dirige nuestras vidas estuviese regido por leyes deterministas no habría lugar para el libre albedrío: tomaríamos nuestras decisiones de un modo tan obligatorio como el de una pelota cayendo hacia el suelo. Sin embargo, algunos han visto en las leyes probabilistas una vía de escape. Si nuestro cerebro no es una máquina determinista sino que en su funcionamiento participan procesos estocásticos, es posible que allí esté nuestra libertad, en el azar, en la aleatoriedad. Pero, ¿existen realmente sucesos aleatorios? En el mundo a escala humana, parece que no, pero en el mundo cuántico, algunos físicos nos dicen que sí (y otros que no). Si nuestro cerebro no es una máquina determinista sino que en su funcionamiento participan procesos estocásticos, es posible que allí esté nuestra libertad, en el azar, en la aleatoriedad. ¿Qué es un suceso aleatorio? Aquel que ocurre sin una causa que lo determine de modo que, incluso conociendo todas las variables que se dan en el proceso, sea imposible predecir su comportamiento. En este sentido, un suceso aleatorio podría parecerse mucho a un acto libre ya que, igualmente, el acto libre necesita no tener una causa que lo determine, necesita ser una causa sin causa o incausada. ¿Es entonces un suceso aleatorio un acto libre? Lo sentimos pero no. Que algo sea aleatorio solo implica dos cosas: Que, aceptando la verdadera aleatoriedad cuántica, sucede sin causa alguna, sin nada que determine su conducta. Pero eso no implica que sea fruto de una decisión libre. Aceptando que el lanzamiento de una moneda es un acto realmente aleatorio, la moneda no toma ninguna decisión, no delibera ni planifica ni desea hacer nada siguiendo un propósito. La moneda no es libre de elegir cara ni cruz. Que, realmente, lo único que pase es que no somos capaces de predecir su comportamiento debido a nuestras limitaciones observacionales o cognitivas, y que el suceso sea, en último término, tan determinista como cualquier otro. Estaríamos de nuevo ante la ignorancia de Spinoza: que desconozcamos las causas de un suceso no implica que éste obre libremente. No amigos, por la aleatoriedad no llegamos a la libertad. Y es que para que una acción sea libre necesitamos no que no esté determinada por nada sino que esté determinada por nuestra voluntad, por nuestras preferencias, valores, deseos… y los actos aleatorios, evidentemente, no lo están. ¿El Yo como fuente de libertad? Para que un acto sea libre tendremos que tener un Yo, una instancia que, realmente decida. Precisamente, el argumento actual más en contra de que las máquinas son libres es que no tienen un Yo, no tienen a nadie que decida en última instancia, solo siguen a rajatabla su programa, sin poder violarlo jamás. ¿Y qué es el Yo? Pregunta complicada donde las hubiere. Muchos lo han identificado con ciertos estados o fenómenos propios de nuestra mente: nuestra consciencia, nuestro “espacio interior” o subjetividad, nuestra sentience (capacidad de tener sensaciones), o ya, en términos religiosos, nuestra alma o espíritu. Sin embargo, la neurología moderna ha ido poniendo en jaque esta idea de Yo: El Yo no puede observarse de ninguna forma, ni siquiera usando la introspección. Si yo me analizo a mí mismo pensando, recordando o sintiendo, lo único que encuentro son pensamientos, recuerdos o sentimientos, pero nunca a ese sujeto que los tiene. Nadie jamás ha observado su yo ni el de nadie ¿En ciencia no ese eso suficiente para negar la existencia de algo? La neurología contemporánea no ha encontrado ningún lugar en el cerebro donde pueda encontrarse el módulo del Yo (aunque hay intentos muy loables). Las investigaciones apuntan más a que cada elemento de la experiencia consciente se procesa en diferentes partes del cerebro. De hecho, uno de los grandes problemas de la neurología actual es el llamado binding problem: ¿cómo se integra y se sincroniza toda la información sensorial en una imagen mental coherente? Los famosos experimentos de Benjamin Libet y muchos otros posteriores, sobre libre albedrío, muestran que los sujetos son conscientes de tomar una decisión después de que la decisión haya sido tomada. La conclusión es totalmente revolucionaria: el Yo, si es que existe, no decide… por lo tanto, no tiene ninguna relación con la libertad. Desde luego, si el libre albedrío es una noción oscura, la de Yo no le va a la zaga… ¿Qué nos queda entonces? ¿Tenemos que renunciar a una idea tan central en nuestro mundo como lo es la libertad? El alegato del general Montgomery Volvemos a la historia de los drones asesinos. Cuando todo parecía indicar que el responsable y, por lo tanto, culpable de todo era el general Montgomery, sus abogados elaboraron una sorprendente defensa: alegaron que el libre albedrío no existía, por lo que el general Montgomery ordenando que sus drones violaran la convención de Massachusetts, era tan poco libre como el dron ejecutando la orden. Entonces, o los dos no son libres y ninguno de ellos tiene responsabilidad en la muerte de la hija de Smithson, o los dos son igualmente libres y entonces, el dron, ejecutor de la acción, es el genuino responsable. El juez comenzó a ponerse nervioso. Si no existía el libre albedrío nadie sería responsable de nada por lo que el sistema judicial era un fraude… ¡Todo el trabajo de su vida no tenía sentido! ¡Tranquilícese señoría! – Repuso uno de los abogados – Tal como defendió el filósofo escocés David Hume, es posible compatibilizar una cierta idea de libertad con el determinismo físico. Se trata de definir como acción libre aquella que no está en contra de las determinaciones de mi propia voluntad. Mis pensamientos, creencias, valores, etc. que causan mi acción están completa y absolutamente determinados por causas anteriores y yo no soy más libre que el dron de combate. Estoy, por decirlo en términos informáticos, programado de antemano por mi naturaleza y mi cultura. Sin embargo, si debido a éstas yo quiero elegir A, y algo externo a mí me impide que yo lo elija, estará poniendo trabas a mi libertad e impidiendo que yo obre libremente. Por decirlo de otra forma: ser libre es poder obrar conforme a lo que estoy determinado. De este modo, podemos juzgar y condenar a cualquier criminal sin que el sistema judicial se venga abajo ¡Es posible justicia sin libertad! Por lo tanto, el dron, actúo siguiendo su programación sin que nadie se interpusiera entre su libre obrar y su objetivo, por lo que es culpable de sus actos. La sentencia sorprendió al mundo: el 28 de agosto de 2044, el dron de combate de tipo R-6 Alpha C con nº de bastidor 365889725E, fabricado y ensamblado en Taiwan por la Hongji Corporation, para la empresa estadounidense Deep Mind, actualmente en propiedad del ejército británico, fue el primer robot de la historia juzgado y condenado en un juicio. El castigo fue ejemplar: desmontar el dron y reciclar sus piezas para otros drones, destruyendo así su individualidad como agente racional (el equivalente robótico a una condena a muerte). No obstante, ni el general Montgomery ni la empresa Deep Mind se fueron del todo de rositas. El general por reprogramar el dron para que pudiese violar la convención de Massachusetts, fue condenado por cómplice e inductor del asesinato. Se le degradó de su rango y se le condenó a pasar tres años en una prisión militar (si bien al final, y de nuevo por la habilidad de sus abogados, no cumplió ninguno). A Deep Mind le cayó una cuantiosa multa por violar ciertas leyes de protección de software que prohibían vender código abierto sobre ciertos productos militares (si bien al final no pagó nada. Se declaró en bancarrota e incapaz de pagar, cambió su nombre por Deep Neuron y se refundó, siendo hoy en día la empresa hegemónica en el diseño de drones de combate). Pero lo más interesante es que esa sentencia creó jurisprudencia y, en cuestión de pocas semanas, los tribunales de todo el mundo estaban llenos de juicios en los que había inmiscuidos robots; y en cuestión de unos años, ya existía una rama del Derecho específica llamada Derecho Computacional, en el que se intentaba legislar para clarificar todo ésta difícil problemática acerca de las máquinas criminales. Sobre Santiago Sánchez-Migallón: Profesor de Filosofía atrapado en un bucle: construir una mente artificial, a la vez que construye la suya propia. Fracasó en ambos proyectos, pero como el bucle está programado para detenerse solo cuando dé un resultado positivo, allí sigue, iteración tras iteración. Quizá no llegue a ningún lado, pero dice que el camino está siendo fascinante. Darwinista, laplaciano y criptoateo, se especializó en Filosofía de la Inteligencia Artificial, neurociencias y Filosofía de la Biología. Es por ello que algunos lo caracterizan de filósofo ciberpunk, aunque esa etiqueta le parece algo infantil. Adora a Turing y a Wittgenstein y, en general, detesta a los postmodernos. Es el dueño del Blog La Máquina de Von Neumann y colabora asiduamente en Hypérbole y en La Nueva Ilustración Evolucionista. Fotos | iStock También te recomendamos Si pregunto mis dudas a Hacienda ¿estoy obligado a acatar su respuesta? Así funcionan las consultas vinculantes El día después de que podamos subir nuestro cerebro a un ordenador y replicarlo en otro lado Los orígenes evolutivos de la moral: ¿monos o dioses? - La noticia Y si las máquinas pudieran hacer lo que quieran, ¿qué?: la paradoja del libre albedrío en robots fue publicada originalmente en Xataka por Santiago Sánchez-Migallón .