{"id":1259398,"date":"2026-03-07T16:58:00","date_gmt":"2026-03-07T19:58:00","guid":{"rendered":"https:\/\/la100lasvarillas.com.ar\/web\/2026\/03\/07\/proust\/"},"modified":"2026-03-07T16:58:00","modified_gmt":"2026-03-07T19:58:00","slug":"proust","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/la100lasvarillas.com.ar\/web\/2026\/03\/07\/proust\/","title":{"rendered":"Proust"},"content":{"rendered":"<p>Para Bruno Grossi, <\/p>\n<p>que carece de o\u00eddo frente a la m\u00fasica<\/p>\n<p>La frivolidad es un aspecto fundamental de la educaci\u00f3n sentimental. No tanto porque se debe escapar de ella, menos a\u00fan porque deba ser superada, puesta por delante como prueba a vencer en la peripecia del h\u00e9roe, sino m\u00e1s bien porque se es fr\u00edvolo por distinci\u00f3n, por arrojo fatal, por elecci\u00f3n lacerante. La frivolidad es soberana por el aspecto mismo de ligereza y liviandad que la caracteriza, aspecto que debe ser desde ya conquistado, discernido en el andar del intelecto y del esp\u00edritu. Lo fr\u00edvolo es llevadero, pues llega de la mano de la risa, est\u00e1 pr\u00f3ximo al l\u00edmite despu\u00e9s del cual nos espera el vac\u00edo de las l\u00e1grimas. Lo fr\u00edvolo es tambi\u00e9n voluptuoso, ya que reporta a la canciller\u00eda del ego\u00edsmo, a un sal\u00f3n de espejos en el castillo de los placeres. Hay entonces una inteligencia de la frivolidad que seduce, predispone para una atenci\u00f3n propia del desinter\u00e9s del tiempo, pues solo el pasado es fr\u00edvolo, casi un lujo que nos damos al pensar en \u00e9l. Contrario a todo, pensar en el presente es la ostentaci\u00f3n de la vulgaridad, esa meditaci\u00f3n menor que se corresponde con la coyuntura. Pero hay tambi\u00e9n una frivolidad que es m\u00e9todo para el desenvolvimiento del mundo en una suerte de desierto de lo real que comienza ni bien cualquier esperanza se ha perdido. La frivolidad es la despedida m\u00e1s larga que podamos imaginar, pues solo cuenta su comienzo y lo prolonga. Aunque tambi\u00e9n, la frivolidad es menos que un rapto y m\u00e1s que cualquier ahondamiento. As\u00ed ella vuelve llevadera la melancol\u00eda, atiza una exaltaci\u00f3n sopesada y mide el alcance del ocio y la pereza. La frivolidad, contrario a lo que se cree, es crepuscular, es extinci\u00f3n y hundimiento, algo que escapa a la luz de los mandatos y, sin embargo, se vuelve el mandamiento del artista. La frivolidad llega de este modo a ser una forma del mal que se practica tanto en p\u00fablico como en privado. Tal vez por eso todo elogio de la insignificancia es fr\u00edvolo, y toda frivolidad escapa a la insignificancia de la utilidad. As\u00ed el discernimiento de lo fr\u00edvolo se burla del sentido, lo horada, lo disuelve en esa nada siempre inmanente. De aqu\u00ed para all\u00e1 corriendo cual entusiasmo, hundida en el reposo del remordimiento productivo, ahora siendo excusa de la impotencia hilarante, la frivolidad es solo un ritmo como lo es todo lo que nos rodea. La diferencia radica en que el ritmo de lo fr\u00edvolo se ejecuta, se despliega, quiere ser exhibido en tanto que arreglo pomposo, trivial, dotado de pura veleidad. La frivolidad entonces no es m\u00e1s que la m\u00fasica de una \u00e9poca, ya que toda \u00e9poca es la p\u00e9rdida de su tiempo.<\/p>\n<p>Proust fue fr\u00edvolo hasta arruinar su primer genio, el que se correspond\u00eda justamente con el presente, ese genio que escuch\u00f3 la frivolidad de la m\u00fasica, pero que no supo qu\u00e9 hacer con ella, pues atendi\u00f3 al decorado de su escena, a los parlamentos de sus actos, al efecto de su iron\u00eda. La banalidad de los salones, el desenfado burl\u00f3n de la \u00f3pera que habilita la comidilla de pasillo entre princesas y burgueses, pero tambi\u00e9n, la atenci\u00f3n puesta al affaire de la pol\u00edtica, hicieron de \u00e9l el escritor de la atenci\u00f3n musical. En sus cr\u00f3nicas, Proust despleg\u00f3 el acercamiento al arte por parte de un snob que permanec\u00eda rodeado de snobs. Los salones que describ\u00eda, que luego servir\u00edan para la comedia de la vanidad que despleg\u00f3 hasta alcanzar el coraz\u00f3n del mal, no son otra cosa que, decorados de \u00e9poca, m\u00fasica de fondo, una carcajada estilizada de algo pronto a desaparecer. En una de esas cr\u00f3nicas la atenci\u00f3n del fr\u00edvolo puede ir desde el detalle de la florescencia de rosas y lilas subiendo a trav\u00e9s de su aroma por los balcones de un patio interno, hasta un diamante en bruto de tal preciosismo que por nada pasa desapercibido, ya que, en el detalle, justamente del aroma, se encuentra \u201cel encanto de las cosas que pasan, que pasan y despu\u00e9s vuelven sin poder devolvernos con ellas todo lo que llegamos a amar\u201d.<\/p>\n<p>Proust asiste a las veladas de los salones, pero se distrae de lo propiamente aristocr\u00e1tico y encuentra desv\u00edos en las inflexiones de voz o en los tonos menores del chisme; por supuesto, elogia para presentarse, ingresar y recorrer esos laberintos de gestos y poses; jam\u00e1s critica. Pero una vez ah\u00ed, amar lo perdido ser\u00e1 la religi\u00f3n de la que no podr\u00e1 escapar, sin ir m\u00e1s lejos, el encanto no es otra cosa que la forma fr\u00edvola del arte, el que, como simple dato -algo perdido, algo extraviado por lo vertiginoso mismo de lo fr\u00edvolo- se acumula en la memoria sin ser m\u00e1s que una visita de jueves por la noche donde, sin embargo, se esconde un rev\u00e9s: \u201cEn ese sal\u00f3n lleno de recuerdos algo nos sedujo por primera vez y tal o cual encanto se disip\u00f3 descubriendo la mentida ilusi\u00f3n y la irrealidad\u201d. Sin duda, el desaf\u00edo para la frivolidad es hacer de ese encanto una forma, de ese recuerdo, la experiencia que vuelve absuelta de lo circunstancial; y tambi\u00e9n, hacer del mero capricho una aspiraci\u00f3n sublime que, detr\u00e1s de la \u201cmentida ilusi\u00f3n y la irrealidad\u201d desnude la verdad del arte. En la frivolidad misma, Proust encontr\u00f3 entonces el lenguaje por venir que lo llevar\u00eda directamente a internarse en su habitaci\u00f3n, aisl\u00e1ndola de todo sonido como si fuera la celda de un monje, al tiempo que, el snob mor\u00eda para redimirse de lo mundano que, sin embargo, ser\u00eda parte de su mundo por contar. Ante la escucha de la m\u00fasica anot\u00f3 lo siguiente, como si en realidad estuviera hablando del artista que a\u00fan no era: \u201cDesde las primeras notas del Cimeti\u00e9re, el p\u00fablico m\u00e1s fr\u00edvolo queda domesticado y tambi\u00e9n el m\u00e1s rebelde. Nunca, desde Schumann, la m\u00fasica ha contado para transmitir el dolor, la ternura, la serenidad que confiere la naturaleza, rasgos de una verdad tan humana, de una belleza tan absoluta. Cada nota es una palabra o un grito\u201d. Su redenci\u00f3n entonces lleg\u00f3 tiempo despu\u00e9s, cuando la frivolidad se transform\u00f3 justamente en m\u00fasica expansiva, ese flujo de palabras que se enfrentaba con el detrimento del tiempo, que ya no era resultado de la mera atenci\u00f3n, si no consecuencia de una escucha que, por medio de la forma, ejecutaba su propia m\u00fasica. Solo as\u00ed el snob que atiende a lo fr\u00edvolo descubre que en toda superficie cualquier reflejo esconde algo y, para proyectarlo, para alumbrarlo, se debe transformar en el recluso musical. Para el anacoreta moderno, el absoluto ser\u00eda su tema y la m\u00fasica la forma. Si existe entonces una m\u00fasica en Proust \u00e9sta debe o\u00edrse as\u00ed, como la frivolidad de la frase que intenta envolver y disolver lo fr\u00edvolo para conducir esa suerte de paseo a trav\u00e9s de lo mundano, pero no tanto por lo que con ella se dice, sino por lo que con lo dicho la frase hace o\u00edr: el mal incurable de la m\u00fasica, su exigencia en un soplo siempre a punto de extinguirse, la pura afecci\u00f3n de la voz que habla por detr\u00e1s de la m\u00e1scara mientras el rostro muere.<\/p>\n<p>En Proust la m\u00fasica es lo que siempre regresa. En definitiva, la m\u00fasica es la nota-magdalena en el pentagrama-de-mosaicos. Aunque regresa no tanto como repetici\u00f3n, como variaci\u00f3n, como las sucesivas escenas de la frasecita Vinteuil -esa ejecuci\u00f3n al piano y en compa\u00f1\u00eda de cuerdas, sonata y septeto, que va hilando los fragmentos de tiempo de los personajes que atentos la escuchan- sino que, en todo caso, si la m\u00fasica regresa, lo hace porque ella sabe dos cosas: representa el afuera de la voluntad, y ya lo que adviene en ella es la descomposici\u00f3n misma del tiempo. Tal vez por eso la aspiraci\u00f3n de Proust no era otra que un mundo de m\u00fasica, lo que supone un mundo en el que la m\u00fasica ha disuelto el tiempo, lo ha devorado al usarlo para s\u00ed. Si el mundo de Proust persigue una duraci\u00f3n -lo que sostiene su tiempo de b\u00fasqueda de lo perdido- esa misma duraci\u00f3n no es otra que la que puede permitirle la m\u00fasica, pues antes que mero tiempo que transcurre, la m\u00fasica es la duraci\u00f3n de lo que desaparece. Por eso la m\u00fasica es la frivolidad de perder el tiempo. La frasecita Vinteuil que va y viene en los tomos de la Recherche, mide la extinci\u00f3n del mundo que la escucha, y aunque como tal pervive -est\u00e1 hecha del trasfondo de compositores que interesaron a Proust: Franck, Wagner, Saint Sa\u00ebns, Faur\u00e9- en un determinado momento, es casi tan fragmentaria como lo que intent\u00f3 unir, como eso que la muerte se llev\u00f3 para siempre, como lo que la vejez atestigua: el estrago del tiempo que ensordece. Hecha de m\u00fasica, esa frase que se apodera de la literatura -y que obliga a la literatura a devenir otra cosa- aspira a escapar de lo sensible, pretende ser lo que le da unidad de obra a lo que no es m\u00e1s que dispersi\u00f3n: la vida atesorada en recuerdos involuntario que la evidencian tras el azar. Pero inmersa en el tiempo, la lecci\u00f3n de la m\u00fasica es terrible: la frasecita Vinteuil que Swann escucha en el amor a Odette, desaparece en la perspectiva de su vejez, est\u00e1 a merced de lo mismo que pretendi\u00f3 formalizar: lo intempestivo. Ni bien el amor juvenil regresa a la memoria por medio de un acorde, tambi\u00e9n la vejez lo hace. La m\u00fasica tal vez le ense\u00f1\u00f3 a Proust un l\u00edmite que no sabemos si \u00e9l realmente visualiz\u00f3: no es ella lo que en el mundo escuchamos, sino la destrucci\u00f3n del mundo que ella nos hace audible, pues la m\u00fasica misma es destrucci\u00f3n. Por eso, si la m\u00fasica regresa, lo hace como el fondo de melancol\u00eda que hay en todo leitmotiv.<\/p>\n<p>Entre un bizcochito remojado en una taza de tilo y unos mosaicos del tiempo recobrado, la Recherche pretendi\u00f3 atrapar la formaci\u00f3n espiritual de qui\u00e9n ya no era quien hab\u00eda sido -nos referimos a ese nombre dos veces escrito en miles de p\u00e1ginas: Marcel- pues a medio camino de esa aventura, su autor ya era un muerto, la pulsi\u00f3n expansiva lo hab\u00eda ganado por completo y, la m\u00fasica, que en un comienzo fuera un divertimento sentimental, se hab\u00eda transformado en r\u00e9quiem. El mundo de las sensaciones no era m\u00e1s que un encierro; la noche, antes que un verano iluminado por las estrellas, era la sombra misma de su habitaci\u00f3n bajo la luz de gas. El hecho es que, en un comienzo, las dos im\u00e1genes, los dos objetos, las impresiones que la remembranza involuntaria dispara por medio de ellos, ya se encontraban en un libro: el Sainte-Beuve, suerte de ensayo y m\u00e9todo, disciplina de escritura que se trama con la frivolidad de la injuria al renombrado cr\u00edtico. Sin embargo, su vacilaci\u00f3n formal lo hace fracasar. Proust solo deb\u00eda separar esos objetos, como si con ellos dibujara el alcance de su ambici\u00f3n como artista, deb\u00eda trazar una regi\u00f3n y llenar a \u00e9sta de nombres, episodios, paisajes y ensue\u00f1os, un poco con lo que el tiempo mismo est\u00e1 hecho. La gran novela, que podr\u00eda resumirse en dos haikus donde lo cotidiano es m\u00e1s hondo y complejo que cualquier p\u00e1gina de la filosof\u00eda -llevo a mi boca un bizcocho mojado, por descuido miro unos azulejos flojos en el piso y todo adquiere el sentido de una vida dedicada al arte- ya estaba ah\u00ed agazapada. Es entonces cuando la m\u00fasica le da a Proust el tiempo que ya no tiene, el que precisa para que escribir sea justamente medida de tiempo por fuera de \u00e9ste; es entonces cuando le da tambi\u00e9n la intuici\u00f3n de una forma, la estructura de lo expansivo, lo m\u00f3vil, el regreso como aparici\u00f3n reordenada. La m\u00fasica suspendiendo al tiempo trae para Proust el tiempo recuperado, el trabajo de su b\u00fasqueda, el tiempo en la frase. Los largos paperoles de la correcci\u00f3n de la Recherche -endemoniadas tiras de papel que adosaba a medida que engordaba su novela- son prueba de ello: el crecimiento digresivo, la expansi\u00f3n como pulsi\u00f3n de totalidad, la obra \u00fanica, pero, aun as\u00ed, un movimiento continuo. Sin la m\u00fasica, ya presente en la sonata Vinteuil que Sawnn escucha al comienzo, no hay ni uno ni otro camino en los que se bifurque la infancia del narrador; sin la fantas\u00eda del septeto al final, en La prisionera, no hay retorno del tiempo que, en realidad, no es m\u00e1s que su destrucci\u00f3n natural en lo evidente: los celos, la huida, la guerra, la vejez, la muerte. Pareciera como si la m\u00fasica de un extremo al otro sostuviera lo que a Proust le interesa: el trazo de un solo rostro, el propio, el que requiere de una melod\u00eda lo suficientemente \u00fanica y a la vez, lo suficientemente general como para traducirse en una forma. Pero la forma misma es ingenua y petulante, pues desea ese rostro del mundo a la vez que lo vuelve indiscernible. Lo quiere en la superficie de un espejo al tiempo que lo empa\u00f1a con los cuidados del asm\u00e1tico. Sin embargo, en la novela clausurada, en lo que Proust no pudo terminar, antes de la totalidad bajo la que se la lee est\u00e1 su maravilla fragmentaria, su avance en el desmontaje natural de los objetos, la materia, las impresiones que caen en manos del avance de la frase; y al fin, cuando las frases se acumulan, cuando pueden ser entendidas por quien las compone y quien las lee como bloques de una construcci\u00f3n mayor, lo que asoma es esa totalidad apabullante, el tiempo mismo que entre dos ilusiones abraza la sustracci\u00f3n de la vida que sus minutos propician.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo lleg\u00f3 entonces Proust a la ilusi\u00f3n de totalidad ejercitando un realismo brumoso de fragmentos, un avance de olas en un mar de descripciones, una representaci\u00f3n fija y m\u00f3vil de sombras cambiantes por el capricho del viento cuando este mueve las ramas que se proyectan sobre el fondo de una pared cual un creador que aqu\u00ed y all\u00e1 dispendia gestos a sus personajes? En un pasaje de La prisionera Proust superpone el mundo de la Recherche con el mundo de su formaci\u00f3n sentimental. Ante la ejecuci\u00f3n de la famosa sonata un pasaje le suena familiar, f\u00e1cil de identificar y por dem\u00e1s conocido. En ese momento, el narrador nos dice \u201cno pude contenerme de murmurar: Trist\u00e1n\u201d. Sin embargo, la aparici\u00f3n de Wagner, para quien sepa leer, queda eclipsada, o, mejor dicho, pasa a un segundo plano por lo que uno ha le\u00eddo mucho antes, justamente, la cavilaci\u00f3n fr\u00edvola del narrador ante dos preguntas que lo abruman: \u201c\u00bfLa vida pod\u00eda consolarme del arte? \u00bfHab\u00eda en el arte una realidad m\u00e1s profunda en la que nuestra verdadera personalidad encuentre una expresi\u00f3n que no le dan las acciones de la vida?\u201d De inmediato, para Proust la respuesta est\u00e1 en la individualidad de la m\u00fasica, en la frivolidad con la que esta huye de toda referencialidad para ser solamente su capricho sonoro. La m\u00fasica es entonces la realizaci\u00f3n del artista, es la indolencia de su \u201cverdadera personalidad\u201d, es la expresi\u00f3n m\u00e1s all\u00e1 de la vida que salva a la vida del tiempo mismo. Mucho antes, en Un amor de Swann, Proust hab\u00eda descripto esa individualidad de la m\u00fasica, su proceder frente al mundo, su desvanecimiento ni bien se realiza en el tiempo que recupera. Hab\u00eda encontrado en ella la forma de representar el desvanecimiento de lo representado. El pasaje es largo, pero de una inteligencia admirable que bien vale traerlo en extenso para terminar y ya no decir m\u00e1s nada, pues cualquier resto, ser\u00e1 la m\u00fasica: \u201cEl a\u00f1o anterior, en una velada, hab\u00eda escuchado una obra musical para piano y viol\u00edn. En el primer momento solo hab\u00eda disfrutado de la calidad material de los sonidos segregados por los instrumentos. Ya tuvo un gran placer cuando, por debajo de la l\u00ednea del viol\u00edn, tenue, resistente, densa y directriz, vio de pronto que intentaba elevarse, como un tumulto l\u00edquido, la masa de la parte del piano, multiforme, indivisa, plana y entrecortada como la agitaci\u00f3n lila de olas que hechizan y bemolizan el claro de luna. Y en un momento dado, sin poder distinguir claramente un contorno, ni dar nombre a lo que lo encantaba, seducido de golpe, hab\u00eda querido captar la frase o la armon\u00eda -\u00e9l mismo no lo sab\u00eda- que al pasar le hab\u00eda ensanchado el alma, lo mismo que algunos perfumes de rosas que circulan en el aire h\u00famedo de la noche y que tienen la propiedad de dilatarnos la nariz. Tal vez fue por no saber m\u00fasica que pudo tener una impresi\u00f3n tan confusa, una de esas impresiones que acaso sean, sin embrago, las \u00fanicas puramente musicales, inextensas, enteramente originales, irreductibles a cualquier otro orden de impresiones. Una impresi\u00f3n de ese g\u00e9nero, durante un instante, es por as\u00ed decirlo sine materia. Sin duda las notas que escuchamos entonces tienden ya, seg\u00fan su altura y su cantidad, a cubrir ante nuestros ojos superficies de dimensiones variadas, a trazar arabescos, a darnos sensaci\u00f3n de amplitud, de tenuidad, de estabilidad, de capricho. Pero las notas se desvanecen antes de que esas sensaciones est\u00e9n bastante formadas en nosotros para no ser sumergidas por las sensaciones que ya despiertan las notas siguientes e incluso simultaneas. Y esta impresi\u00f3n seguir\u00eda envolviendo en su liquidez y con su esfumado los motivos que por instantes emergen, apenas discernibles, para hundirse luego y desaparecer, conocidos solamente por el placer particular que dan, imposibles de describir, de recordar, de nombrar, inefables\u201d.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Para Bruno Grossi,<br \/>\nque carece de o\u00eddo frente a la m\u00fasica<br \/>\nLa frivolidad es un aspecto fundamental de la educaci\u00f3n sentimental. No tanto porque se debe escapar de ella, menos a\u00fan porque deba ser superada, puesta por delante como prueba a vencer en la peripecia del h\u00e9roe, sino m\u00e1s bien porque se es fr\u00edvolo por distinci\u00f3n, por arrojo fatal, por elecci\u00f3n lacerante. La frivolidad es soberana por el aspecto mismo de ligereza y liviandad que la caracteriza, aspecto que debe ser desde ya conquistado, discernido en el andar del intelecto y del esp\u00edritu. Lo fr\u00edvolo es llevadero, pues llega de la mano de la risa, est\u00e1 pr\u00f3ximo al l\u00edmite despu\u00e9s del cual nos espera el vac\u00edo de las l\u00e1grimas. Lo fr\u00edvolo es tambi\u00e9n voluptuoso, ya que reporta a la canciller\u00eda del ego\u00edsmo, a un sal\u00f3n de espejos en el castillo de los placeres. 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