Provinciales

La mamma Roma pasoliniana

Antes…, antes de declarar su fe plena en el marxismo y el evangelio católico a un tiempo en clave ásperamente cómica y surrealista, utilizando como principal actor a uno de los directores más abusivos y voraces de Hollywood con “La Ricotta”, antes de concluir la década del 60 enfrascándose en un trabajo estilístico -probablemente sin paragón- con la finalidad de exponer las raíces salvajemente añoradas de la cultura europea con “Medea” y “Edipo Rey”, antes de festejar la juventud de su tiempo: soberbia, sincera, violenta…ingenua, con su trilogía de autores medievales, antes de volver al siglo XX para morir grotescamente torturando a sus espectadores con “Salo”; Pier Paolo Pasolini llevó adelante con Ana Magnani y su “Mamma Roma” algo así como una declaración de principios -y demostración de fuerza- en buena medida fundacional, de los criterios artísticos y técnicos que perseguiría en toda su carrera. Un paseo por el grado cero desde el que confrontaría una cultura occidental que veía extraviada, la desafiante actualidad política de la segunda mitad del siglo XX italiano y europeo, y en definitiva, su propia incapacidad para acomodarse a canon alguno, que implicara resignar: pensamiento refinado al extremo, posiciones calibradas en incomodidades casi al límite con la alienación definitiva, y una incansable voluntad por desafiar y sacudir un público que temía perder definitivamente en los marasmos del consumismo, la moral capitalista y el esnobismo disfrazado de intervención artística.

La mamma Roma es otra puta desfachatada embanderada en una risotada que hará de la actriz que la profiere un ícono viviente, es este un gesto sublime con el que se defiende de sus explotadores más despiadados, una tradición que la condena, y el mundo que conoce con la sabiduría de quien “ha sabido escupir sangre” para poder adaptarse a sus más impredecibles mutaciones. El director la persigue cámara en mano implacablemente, mamma Roma avanza entre quienes se prostituyen, acaso en la certeza de que el clímax dramático no la espera ni prepara de manera alguna, simplemente fluye con el personaje y talento de una intérprete que parece romper todas las costuras de un vestuario brutalmente ceñido al cuerpo, que culmina en zapatos negros de tacones afilados. La mamma Roma es también una diva del cine italiano de los 40, 50, eso queda claro, pero no se entrega al imperativo de seducir sus candidatos con facilidad, guarda una sexualidad que ya entiende exclusivamente como expediente de intercambio con una realidad empeñada en destruirla a cada paso que da.

Sin embargo, el guionista la mantiene viva e incansable, un poco por jugar con ella, por disfrutar sus reflexiones nocturnas encolumnadas en un despiadado sentido común que sus clientes se cansan pronto de escuchar, o verla entregada a la sabiduría de un cura que escucha con devoción, para justamente hacer todo lo contrario. Pero, además, Pasolini necesita invertir toda la carga simbólica que arrastra y eso solo puede hacerlo a costa de su hijo, Ettore, al que arranca de su pueblo suburbano hasta bloques de edificios de un barrio romano en pleno crecimiento, donde calles, motocicletas y su correlato: montañas de basura, solo encuentran borde en un pasado encarnado en ruinas y arcos, que funcionan allí como ominoso recuerdo que las desgracias de toda nueva era no anulan –ni mucho menos- el potencial de las pretéritas.

Ettore pelea, se enamora y consigue un trabajo a instancias de las malas artes de su madre, pero no puede evitar caer en una espiral de desgracias que lo conducen a la cárcel, donde morirá crucificado. Finalmente, la Mamma Roma encuentra redención a los ojos de un pueblo, ahora su pueblo, que evita el suicidio sosteniéndola al pie de la ventana abierta de par en par y el giro queda concluido, su protagonista redime su condición de puta para adquirir las nuevas vestiduras simbólicas de una madre.

Hasta allí el esquema de una película que, por lo demás, brilla en sus detalles, como la mirada destemplada sobre los jóvenes, sus “Ragazzi”, que encarnan un futuro lleno de la impertinencia con que Pasolini sueña redimir su nación de aquella condena uniformizante, alienante y culturalmente esterilizante de la Italia del “milagro económico” de posguerra. Precisamente a instancias de camaradas jóvenes que acompañan a Ettore en su prisión, un anciano relata pasajes del infierno Dantesco y el director apenas esconde su propósito de llevar los sentidos positivamente clásicos de su cultura a la cotidianidad más absoluta. Después de todo, el neorrealismo como género no define acabadamente una pauta de realidad, conformándose con reducirla a una hermeneútica de pesares y conflictos de desposeídos y marginados, que por su parte decide en este caso engarzar con ironías, reflexiones profundas y tonos líricos que lo distinguirán hasta el fin de su carrera.

Junto con muchas otras cosas que “mamma Roma” sugiere: la preferencia por imponentes personajes femeninos como elementos articuladores de universos más amplios, críticas despiadadas al capitalismo como forma de ordenamiento social apareado a la promesa de superar definitivamente el pasado ignorándolo, y su opción evidente por escenarios naturales y el plano-secuencia como estrategia narrativa.

Una década después, un Fellini empecinado en encontrar claves interpretativas de la ciudad eterna que sospechaba, desde un complejo de inferioridad de adolescente de pueblo mal curado, no entender lo suficiente como para encarar otra obra maestra que ya estaba dirigiendo a paso firme, abordaba a Ana Magnani en las puertas de su domicilio romano, solamente para recibir como respuesta poco más que una mirada cómplice y risotadas de la mama Roma ya convertida en parte del espíritu vivo de la ciudad, seguramente no fue ese el lugar donde la dejó su autor, era tal vez aquel en el que prefirió ponerla el público que la odió como puta antes de amarla como madre.

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