La desilusión de los mamíferos: “La Ballena» se despide exitosamente del Teatro Comedia
"Todo el tiempo me recordaba no dejarme acorralar por la humillación, todo allí era luminoso y mis manadas se desconciertan en la luz, nosotros somos bestias de penumbra, todos los que soy, todos los que fui también en ese mediodía, somos bestias de penumbra".
(Julián López, La ilusión de los mamíferos)
La temporada de verano 2026 llega a su final. Todo parece volver: la actualidad y la conversación de rutina, la escuela y el trabajo, la ansiedad por lo cotidiano. En este momento crepuscular existe la costumbre mitológica de hacer balances -más relevantes a las industrias culturales y turísticas que al campo del arte-, ¿cuántas entradas vendieron cines, teatros, festivales?, ¿a dónde fueron, de dónde vinieron consumidores, turistas o espectadores? Quizás, en estos días uno de los eventos teatrales más fuertes -concurridos comercialmente e intensos dramáticamente- de la oferta cordobesa sea La ballena, obra de Samuel Hunter adaptada al cine en 2022 por Darren Aronofsky y vuelta a trasponer al teatro en nuestro país en una versión protagonizada por Julio Chávez y dirigida por Ricky Pashkus. Durante el año pasado los medios porteños dieron muestras de la repercusión de esta obra cuyo estreno en el Paseo La Plaza fue también motivo de celebración. Viernes, sábados y domingos de febrero, el teatro comedia de nuestra ciudad fue desbordado por el público -quizás llevado por Chávez, por el reconocimiento de la versión cinematográfica en los oscars o por la prensa nacional-, fue una obra, a pesar del encarecimiento de la canasta básica y de la situación específicamente compleja de las industrias creativas, construida para agotar localidades.
La popularidad del argumento en cuestión es tal que no vale la pena aquí reincidir en la síntesis de la narración, pero sí podríamos presentar algunas ideas situadas, contingentes y materiales que surgen de la representación material del evento teatral, a salvo de la reproductibilidad y la costumbre de lo estabilizado. Lo escénico siempre ofrece un movimiento al pensamiento, una torcedura, algo que aprovecha cada ocasión para actualizar el sentido. En virtud de este raro carácter aurático, quisiera ensayar una zona de apuntes.
La posibilidad de un cuerpo siempre es inquietante, aún cuando la caracterización sea exuberante -el vestuario, esa otra piel que ayuda a creer que Chávez tiene un cuerpo en estado de angustia expansiva, en derrumbe psico-físico, en la vía melancólica de quien soporta una pérdida-, la materia vital, voraz, vibrante de la carne transporta, líneas de diálogo, movimientos cifrados en la improvisación o una didascalia ausente, pero sobre todo un tipo de afectación pegajosa. Esto lo logran todos los personajes de La ballena, quizás sobre todo Manuel Yantorno, quien interpreta a la hija del protagonista, y su voz expresa una oralidad, ligeramente rioplatense, totalmente nacional. (En otro lugar, donde se discutan los artes y los peligros de la traducción y la transposición textual de obras escénicas a cinematográficas -o viceversa-, se podría pensar esa bella irrupción del lenguaje de los argentinos -boludo, porro-, en la voz de adolescente rebelde que canaliza Yantorno). Más allá de lo espectacular del traje, esa armadura que cubre al personaje de Chávez del filo del mundo exterior, quizás la operación actoral más impactante -o eso resultó para la precaria y singular subjetividad de quien escribe- venga de la composición del tono, la métrica de los movimientos y sonidos de la respiración, la auricularización de un cuerpo agotado, que reniega de las visitas demandantes del exterior, que intenta acercarse a un objeto de amor que lo rechaza una y otra vez. La voz de Chávez, no sus palabras o diálogos, su materialidad fónica construida con la artesanía de la modulación, es uno de los prodigios de esta obra.
Quizás una dificultad para la expectación radique en que se trata de una obra atestada de sentido, todo connota, cada operación significante expresa lazos de relaciones intertextuales tan densas que terminan por ahogar el modesto núcleo narrativo. Los temas y los símbolos, el carácter de los personajes, los gestos estereotipados, dan la impresión de que hay un exceso. La impresión o el riesgo de construir un relato a partir de tantas referencias y discursos previos -la biblia, el canon de la literatura de lengua inglesa- es construir una red, algo que contiene, pero que a la vez deja caer, el agua o la vida que por ella se filtra; proliferan en esta obra puntos ciegos filosóficos y políticos -¿qué podemos pensar de los regímenes de saber que oprimen cuerpos abyectos y censurados por la cultura y no por la voluntad de quien los posee, qué podemos pensar de la relación entre culpa y pérdida, entre sufrimiento y solidaridad de deudos, entre el deseo sexual no-normativo y la voluntad consciente de formar una familia más o menos normativa?-, no es que el teatro o cualquier arte tenga que adoctrinar, o explayarse en ideas, que no tienen claras la intelligentsia profesional de la política, la filosofía, la medicina. Sin embargo asumir un tema, traficar con los significantes de tradiciones culturales tan sedimentadas y paradigmáticas, asociar ciertas ideas típicas en la construcción de un personaje, lleva al relato a un límite donde para avanzar de manera interesante -seduciendo la expectativa y el humor de quienes completen el sentido de esas obra desde sus butacas o ya sus casas- debe poder construir un enunciado ligeramente (re)flexivo, que se suelte del común sentido de lo que un tema tan conocido puede invocar.
Quizás la obra esté cercada por estas trampas de lo conocido, sin embargo hay un fondo de modestia y algunos elementos más disruptivos que se presentan en la gesta y el encuentro de la transferencia. Aquí el gran logro de una obra que pudo, además de cortar tickets, conmover audiencias en nuestra ciudad y otras zonas del país. Y supongo que la virtud proviene de evitar la mirada piadosa, lo que se parte en La ballena, es el lazo social y la posibilidad de encontrarse con otros. Un padre con una hija, una madre con ese padre, una amiga con su amigo, un misionero con la comunidad a la que pretende acercarse. Los cuidados, lo que hace sobre todo el personaje de la enfermera, la enseñanza a lo que se dedica el protagonista, son quizás las partículas originarias que colisionan en todo acontecimiento emocionante. Las promesas y amenazas, préstamos y concesiones, parricidios y herencias que se traban o abisman en La ballena están ahí con su potencial dramático, en función de algo más delicado y sutil, esa forma de amor casi imposible pero necesaria que es el encuentro con la alteridad. Quizás la forclusión de la politicidad -del deseo, del poder, del cuerpo, del espíritu- que no pudo plantearse, es para dejar espacio a otra cosa, algo que en nuestra época emerge como síntoma colectivo: poder ver a otro, poder tramar una complicidad, un lazo, una conversación. A riesgo de que los horizontes colectivos se derrumben y todas las manadas se disuelvan y tengamos que errar como animales solitarios, dejándonos herir por la estupidez lacerante del aislamiento, haciéndonos morir por el temor a conectar con otros, La ballena con sus límites (político-narrativos) y excesos (referenciales) tiene en su configuración una idea, o al menos una imagen del posible arrojo al abrazo con los otros mamíferos solitarios. Asumiendo que dentro de un animal vive una manada, así como en todo colectivo hay un credo de individuo sujeto a vivir su legítima extrañeza.
Más que a cualquier personaje de Moby Dick, el protagonista que encarna Chávez, se parece a otra creación de Herman Melville "Bartleby, el escribiente", aquel relato en el que un empleado ante cualquier demanda del mundo contesta invariablemente: "Preferiría no hacerlo". El personaje de La ballena, suma un "Perdón" a sus automatismos discursivos, al punto de vaciar de sentido la palabra. Pero el gesto a la Bartlebly queda latente, anarquismo sinuoso, diletante, pero en algún sentido siempre entre la imposibilidad de leer. El personaje de La ballena evita un infarto al escuchar que le leen una monografía sobre Moby Dick; el pobre Bartleby se deja morir de hambre, después de negarse a escribir o revisar documentos. Esas dos caras son el polo de valores que organiza el relato: leer una escritura/no-leer (que es también no escribir). Recuerdo ahora un prólogo de Borges a unos relatos de Melville: "el símbolo de la Ballena es menos apto para sugerir que el cosmos es malvado que para sugerir su vastedad, su inhumanidad, su bestial o enigmática estupidez. Chesterton, en alguno de sus relatos, compara el universo de los ateos con un laberinto sin centro. Tal es el universo de Moby Dick: un cosmos (un caos) no sólo perceptiblemente maligno, como el que intuyeron los gnósticos, sino también irracional, como el de los hexámetros de Lucrecio". La connotación habitual de la palabra ballena parece haber ofuscado a los críticos; todos prefieren limitarse a una interpretación moral (clínica, médica, psi, espiritual) de la obra. Sin embargo quizás valga la pena detenerse en lo irracional, en lo que la política habilita, dejar caer la razón y el cálculo del encuentro con otros, ofrecer de manera loca una herencia anticipada, tratar de conversar con un fanatico, etc. Todos los personajes de la ballena son un poco irracionales y bestiales, la hija que podría matar a su padre cambiando las pastillas, el sacrificio desmesurado de la amiga enfermera, etc. El prodigio es que la irracionalidad es la condición de posibilidad para dejarse afectar por otros.