Provinciales

La lección del Cordobazo

El 28 de junio de 1966, un golpe de Estado había derrocado al presidente Arturo Humberto Illia y con el nombre de “Revolución Argentina”, había instalado en el poder al general Juan Carlos Onganía, ariete de la Doctrina de la Seguridad Nacional que imponía Estados Unidos.

La Iglesia venía de la renovación que significó el Concilio Vaticano II, la irrupción de la Teología de la Liberación y de grupos como el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y los sacerdotes de Opción por los Pobres. En 1968, los obispos latinoamericanos dieron a conocer el Documento de Medellín, que iba en esta tónica. En ese mismo 1968 la Confederación General del Trabajo se divide en dos: por un lado, la CGT “legalista” bajo el liderazgo de Augusto Timoteo Vandor y por otro lado la CGT de los Argentinos, liderada por Raimundo Ongaro.

Córdoba era un polo industrial, con varias empresas automotrices: IKA Renault empleaba a más de 11 mil obreros y FIAT a otros tantos. Los de IKA Renault estaban integrados en el SMATA (Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor), sindicato peronista que sería fundamental en el Cordobazo. En cambio, los trabajadores de FIAT estaban nucleados en Sitrac-Sitram, un sindicato clasista que no participó del Cordobazo. Además, entre los principales sindicatos estaba también el mencionado Luz y Fuerza de Córdoba, liderado por Tosco, referente del sindicalismo combativo, en el marco de la CGT de los Argentinos. En cambio, la Unión Tranviaria Automotor (UTA), con el Negro Atilio, y el SMATA, con el Elpidio Torres, estaban enrolados en la CGT oficial. También el movimiento estudiantil era importante, con unos 30 mil estudiantes en la Universidad Nacional de Córdoba, la más antigua del país. Muchos de ellos vivían en el Barrio Alberdi, alrededor del Hospital de Clínicas, en pensiones, departamentos y conventillos.

El 12 de mayo de ese 1969 la dictadura de Onganía sancionó una ley por la cual se perdía el “sábado inglés”, que -en la práctica- era la semana laboral de 44 horas (cinco días de 8 horas y el sábado de 4 horas). Ese régimen se elevaba a 48 horas semanales. Esto generó un gran descontento en el movimiento obrero. Por otro lado, los metalúrgicos ya venían en conflicto por las llamadas “quitas zonales”, la potestad que la dictadura les daba a ciertas patronales para hacer descuentos sobre los salarios pactados en las paritarias nacionales. En ese contexto, el 14 de mayo el SMATA hizo una asamblea multitudinaria con 3 mil obreros. La asamblea había sido prohibida por el gobierno provincial y la Policía de Córdoba reprimió duramente a los asambleístas, que resistieron y pusieron en retirada a los policías.

El 15 de mayo fue asesinado el estudiante Juan José Cabral en una protesta en la ciudad de Corrientes y al día siguiente en otra marcha en Rosario fue asesinado el estudiante Luis Norberto Blanco. Se desencadenaron protestas en todo el país y en Córdoba, el 23 de mayo, una huelga estudiantil derivó en la toma del Barrio Alberdi y una violenta represión policial.

Hacia la segunda quincena de mayo empiezan los contactos más aceitados entre Agustín Tosco y Elpidio Torres, a los que se suma Atilio López. Como dijimos, tienen posturas ideológicas muy diferentes, pero con la claridad histórica de que debían converger en la lucha contra los abusos de la dictadura. El lunes 26 de mayo las dos delegaciones regionales de las dos CGT deciden en sendos plenarios una huelga general de 37 horas para el jueves 29 y viernes 30. Era huelga activa con movilización al centro de la ciudad el jueves 29 para confluir el viernes 30 con una huelga nacional en la cual también habían confluido las dos CGT.

Luego Tosco se reúne con la Federación Universitaria de Córdoba, liderada por Carlos Scrimini, un dirigente juvenil comunista muy cercano a Luz y Fuerza. Por último, en los barrios obreros y populares, como Villa El Libertador y Villa Revol, la Coordinadora de Centros Vecinales era fuerte y participó de los preparativos. Esos preparativos incluían alistar miles de hondas metálicas y sus proyectiles: bulones, tuercas, trozos de metal, también bombas molotov y miles de bolillas de rulemanes para tirarles a los caballos de la Policía Montada. Todo se preparó y casi nada se dejó librado al azar, lo que desvirtúa aquella imagen bucólica de un estallido espontáneo.

Y así llegó el jueves 29 de mayo. A las 10 de la mañana los obreros de IKA Renault abandonaron la fábrica de Santa Isabel y se empezaron a concentrar con su sindicato, el SMATA, en la rotonda de Barrio Las Flores, zona sur de Córdoba. Empezaron a marchar por la Avenida Vélez Sársfield hacia el centro de la ciudad con una columna de unos 5 mil obreros y cientos de motos a la cabeza. Al costado de la Ciudad Universitaria se produjo el primer encontronazo con la Policía. Una columna del SMATA ingresa a la Ciudad Universitaria y otra se interna en Barrio Güemes, pero las dos eluden el cerco policial. Estaban organizados en pelotones de 20 trabajadores cada uno, con libertad de acción y un mapa para volver a concentrarse.

Mientras tanto, los trabajadores de Luz y Fuerza se concentran en pleno centro de Córdoba: Colón y General Paz, donde está el edificio del Correo Central. Se sumaron columnas de estudiantes que bajaban desde Barrio Alberdi por Colón y otras columnas de metalúrgicos que venían por General Paz. La Policía también reprime con la intención de parar a los trabajadores en su marcha hacia el centro. El primer choque con Luz y Fuerza se produce en General Paz y Rioja, pero los trabajadores resisten con barricadas, molotov y gomeras. Desde allí hasta Barrio Alberdi es una zona de apoyo popular a los trabajadores y estudiantes. Cada techo es un parapeto para resistir y cada puerta es un refugio. Los enfrentamientos recrudecen en torno a la vieja terminal de ómnibus, entre la Policía Montada y el SMATA. En esas refriegas, la Policía se ve desbordada y en su retirada, algunos efectivos sacan a relucir sus armas de fuego. Así es como a las 12.30 asesinan al delegado de IKA Renault Máximo Mena. Inmediatamente una multitud de jóvenes en motocicletas diseminaron la noticia por las distintas columnas y barricadas de la ciudad, sembrando la indignación general, que también hizo que miles de personas se sumaran a las protestas.

Ya pasadas las 13 se comenzó a notar que la Policía se replegaba e iba desapareciendo. Era que se habían agotado las reservas de gases lacrimógenos y las órdenes fueron recluirse en el Cabildo, donde funcionaba la Jefatura y la Guardia de Infantería, y también en las comisarías para preservar la integridad de las mismas, y sobre todo de las armas. Hacia las 14, todo Barrio Clínicas era territorio liberado. Pero este fenómeno no era una revolución, por eso en ningún momento se planteó ocupar comisarías, ni la Municipalidad ni la Casa de Gobierno provincial, muchísimo menos tomar el poder. Los obreros, conocedores de que el Ejército llegaría en algún momento, se repliegan entonces para los barrios parapetándose en barricadas. El gobierno efectivamente pide la intervención del Ejército, que llegaría recién después de las 18. Para ese entonces, la ciudad empezaba a apagarse, y los trabajadores de Luz y Fuerza fueron fundamentales provocando apagones sectorizados o más generales. Con boleadoras caseras, boleaban los cables y generaban los apagones.

El plan hacia el atardecer no era enfrentar al Ejército, pero sí sostener las posiciones en los barrios. Las casas volvieron a ser refugio y abastecimiento para los obreros, desde un simple baño hasta comida o agua. Y las paredes empezaron a gritar: “Este barrio está ocupado por el Pueblo”, “El pueblo al poder”, “Barrio Clínicas, territorio libre de América”, “Soldado, no dispares contra tus hermanos”, “Soldado, rebélate contra tus oficiales asesinos”, o “Muera la dictadura”. Los militares que llegaron para recuperar Córdoba estaban a las órdenes del general Alejandro Agustín Lanusse, que jugaba su propia partida de ajedrez. Tiempo después se especuló que el retraso en entrar a la ciudad se debió a su interés por esmerilar lo más posible la imagen de Onganía. Y así fue, la dictadura no cayó en el Cordobazo, pero Onganía empezó su despedida del poder.

Ese anochecer el Ejército se limitó a abrir un paso por la calle Colón, en Barrio Alberdi, para entablar una línea de comunicación con La Calera, donde están los cuarteles del Tercer Cuerpo de Ejército. Sobrevino el Estado de sitio, no respetado por la población que se mantuvo firme en las calles de los barrios. Durante toda la noche se escucharon disparos aislados. El comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, general Eleodoro Sánchez Lahoz, dijo tiempo después que se sintió “como el comandante británico durante las Invasiones Inglesas. La gente tiraba de todo desde los balcones y terrazas”.

Al día siguiente, viernes 30, el Ejército allanó las sedes del SMATA y Luz y Fuerza y a detuvo a sus dirigentes principales. Además, entró en los barrios y sólo se mantuvieron algunos focos de resistencia, sobre todo el Hospital de Clínicas que recién pudo ser rendido en la noche de ese viernes. Se establecieron Tribunales Militares que enjuiciaron a cientos de detenidos, entre ellos a Tosco y Torres, condenados a 8 y 4 años de prisión respectivamente. Ese sábado 31 hubo nuevas protestas y se mantuvo monolítica la unidad de las dos CGT que emitieron un comunicado conjunto en el que denunciaron: “El proceder criminal y represivo de las llamadas fuerzas del orden y las medidas del gobierno que constituyen la caracterización de su condición de dictadura entreguista, antipopular y reaccionaria”.

Recién el domingo 1º de junio el gobierno recuperó totalmente el control de Córdoba. El lunes fue día de duelo para ambas CGT, que convocaron a una nueva huelga general de 37 horas para el 17 y 18 de junio. El Cordobazo fue el principio del fin de Onganía. Un año después, en junio de 1970, “la Morsa” fue destituido por la Junta de Comandantes de las Fuerzas Armadas, que lo reemplazó por el agregado militar de la embajada argentina en Washington, Roberto Marcelo Levingston.

Una de las enseñanzas que nos deja el Cordobazo, quizá la más importante, es la capacidad de aquellos tres dirigentes de dejar de lado sus diferencias para unirse en la acción, contra un enemigo en común. Hoy, nuestros dirigentes no pueden ponerse de acuerdo ni siquiera en dónde podrían tomar un café.

Las opiniones vertidas en cada columna son de exclusiva responsabilidad de sus autores. En consecuencia, no necesariamente responden a la línea editorial del medio.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar