Provinciales

La vejez de la música

Existe la vejez de la música, pero extrañamente no se refiere a su edad. La música no tiene edad. En todo caso, esa vejez es un modo de nombrar la experiencia de la música, la atención que nos demanda. Que la música no tenga edad significa también que, al margen de esa vejez, aspira a su juventud, a la embriaguez que según Nietzsche, siempre nos promete. Ocurre que es la inquietud de la música lo que siempre importa, su lugar por afuera de todo lugar, eso que acaso sea la sorpresa de reiterarse siempre envejecida y, al mismo tiempo, balbuceando la primera infancia de una promesa de asombro. Por ejemplo, Brahms jamás dejará de ser el otoño de la música, no hay otra forma de escucharlo. ¿Qué edad darle a Brahms? En todo caso, deberíamos pensar que un quinteto de cuerdas compuesto por él recuerda también la juventud ambiciosa del genio en formación, y, a la vez, anuncia el amargo declinar de la altura alcanzada. Entre esos extremos, el lugar de Brahms es puramente meditativo. Es la infancia y la senectud lo que de él nos conmueve. Por eso se lo escucha siempre en el despuntar de una despedida que, en la melancolía que trama, esconde el germen del regreso, el asombro por lo primaveral de su júbilo declinante. Brahms es la juventud conservada en la objetivación que solo llega con la vejez. Fabuloso hallazgo. Aspiración a la que orientamos el deseo cuando éste, inquieto y alado, nos conduce hacia la carnadura misma de la vida que aparenta no ser alcanzada por eso que la música siempre posterga. Porque al fin, cumplida nuestra edad, y sin edad la música, los oídos se cerrarán cual los parpados de un muerto.

Escuchar esa vejez de la música que, en muchos casos, no es más que su prolongada continuidad -¿cuánto hace que ésta nos acompaña?- y, también, que en tanto que inmadurez de la ejecución no es más que el salto incierto de todo intérprete, significa que, en el hecho concreto de sonar y sonar, la música transcurre muy lejos de nosotros, casi por fuera de nuestro lenguaje concomitante. Pero si aún la música nos reclama, es acaso porque su lección de embriaguez no ha sido justamente comprendida por la limitación que esta muestra a las palabras. Lo que escuchamos carece de idea, no motiva comentario alguno, y hasta trabaja cierto autismo productivo en nuestro silencio. Es la experiencia de mudez que la música propone de lo que intentamos hablar. Y, sin embargo, lo que escuchamos tiene una traducción inmediata en el cuerpo, eso que sí envejece, que recepta con dificultad, que se sabe, a cada sonido, próximo a una despedida. Basta ver la atención raptada de los cuerpos que escuchan la música para entender que lo inmóvil, lo tenso, lo relajado en su marcación rítmica, ese lenguaje de gestos antes que de sentidos, ese otro lenguaje que delata entrega a ese rapto de la atención, es una corroboración fehaciente de los alcances de la música. En todo caso, es lo que el poeta Hölderlin entendiera como Stimmung. Lo que podríamos definir como la atmósfera que sentimos y respiramos en un concierto, el clima de un paisaje interior que, en la conjunción de instrumentos e intérpretes -algo más que sonar bien- emana cual la afirmación de la música.

Algo de eso se pudo experimentar en la presentación de la Georgian Sinfonietta el pasado miércoles 20 en el Teatro San Martín. Fundada en el 2008, esta orquesta de cámara expandida del Estado de Tbilisi, con excelentes músicos y ejecuciones variadas, se caracteriza por proponer interpretaciones que van desde la música barroca a la del siglo XX, teniendo como objetivo principal, resaltar en sus programas la identidad cultural de los compositores, perfilar el matiz sonoro que aportan y hacer gala de la particularidad interpretativa con la que se los actualiza. Justamente actualizar la música es darle a quien escucha una mínima idea de la vejez ante la que se enfrenta. ¿Cuántos Vivaldi o Corelli pueden hoy en día escucharse? ¿Cuánto de la irreverencia juvenil de Mozart es bien traducido por directores seniles que lo aplastan todo? No es el caso de esta agrupación que, a cada salida al escenario, deja en claro que tanto la tradición como lo contemporáneo se pueden escuchar en sus presentaciones. Bajo la dirección de Nurhan Arman, quien nació en Estambul, de padres armenios, quien se formó en Estados Unidos y que pareciera haber impreso su propia historia de vida al sonido de sus actuaciones, la Georgian Sinfonietta es una agrupación que sabe entregar repertorio y excelencia gracias a su conducción.

El programa abrió con la “Sinfonía en Sol mayor” de Vivaldi. Plasmaba bajo el registro del bajo continuo y la variación del divertimento, lo alegre y lo enérgico que en ella puede encontrarse -propio del compositor italiano- se pudo apreciar en la clásica estructura de primer y último movimiento, a los que el segundo interrumpe con su clásico uso del pizzicato para logra eso gentil y reflexivo que Vivaldi brinda en su periodo veneciano. A continuación, la “Serenata para cuerdas en Mi menor, Op. 20” de Edward Elgar se escuchó también en una ejecución impecable. Sobre todo, en el famoso Larghetto, acaso el momento más inglés de esta pieza temprana de un compositor que siempre maneja un registro entre meditativo, íntimo y de ensueño, sin perder, por supuesto, una elegancia altiva que en este caso lo aleja de los lugares comunes a los que la música como ilustración puede reducir cualquier genio -sí, nos referimos a “Pompa y circunstancia”. Los momentos más destacados estuvieron tal vez en los finales del primer y segundo bloque que el intermedio separa. Nos referimos al estreno para Argentina de la “Sinfonía de Cámara No. 3”, de Sulkhan Nasidze y la “Sinfonía de Cámara en Do menor, Op. 110a” de Dmitri Shostakovich. Nasidze, que nació en 1927 y murió en 1996, fue un destacado compositor, pianista, profesor y figura pública georgiana. Se lo conoce como uno de los representantes más prominentes y brillantes de la escuela georgiana de composición. Esta tercera sinfonía fue compuesta en 1969 y está hecha de una sonoridad ciertamente inquietante, la que apela a la tensión armónica, que puede ir de lo folclórico a lo lírico, arco propio de registros neoclásicos, y, también, que puede ascender en una expansión de oscuridad donde, capas contrapuestas de un sonido hipnótico, se alternan entre lo propiamente enigmático y trazas de un tinte expresionista. Shostakovich fue sin embargo el punto más alto, primero que nada, por la elección para cierre de un concierto, como si el director no quisiera concederle respiro al público, que debe predisponerse para la pieza talvez más personal y sentida del compositor ruso. Y, en segundo lugar, porque su famosa dedicatoria “a las víctimas del fascismo y la guerra”, hace de esta sinfonía de cámara una suerte de telón sonoro para la estupidez actual del mundo.

Una despedida con color local fue acaso el momento mas bajo de la presentación. Si bien la música es ese lenguaje universal que no sabe de fronteras -sí, repetirlo ya suena a lugar común- hay piezas que, como un laberinto sonoro, son para los músicos -aún los más experimentados- la posibilidad de extraviarse. El Piazzola de “Milonga triste” sonó lento y extraño, casi cinematográfico. Ciertamente un destino patético para esta pieza. Es decir, sonó confundiendo la Stimmung piazzoliana, que ciertamente es triste, con una expansión sonora de cuerdas que, no siempre en el autor de “Adiós Nonino” es sinónimo de languidez o decaimiento. Acaso ahí la música tuviera la edad propia de la confusión adolescente y lo que ni con la mayoría de edad se llega a comprender.

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar