Provinciales

Sobre Gris al Fondo de Hugo Savino

Gris al Fondo es una novela de nada, a pura voz de una oreja apoyada en el lomo de la piel del lenguaje. Móvil piel de caballo, Savino suena argelado, suena cómplice, suena solitario, suena quejumbroso, suena puteador, pero suena siempre bien.

Es tanta la necesidad de movimiento de la voz de Savino que se esquirla en Elia, en Cardoso, en Orlando, en Lola. Voz luminosa en prisma que va sacando tonos grises y construye una sonoridad intimísima, hecha de joyitas de lenguaje pescadas al escribir. Desde ahí hace serie con Néstor Sánchez, con Julian Bejarano, con Zelarayán.

Savino está hablando siempre de la celebración de la lectura. Aguanta ahí. Con sus novelones, con sus autores amados, con su irse a libro, es siempre la literatura la que está en primer lugar. Viejo freak porteño que rescata al poema de todos los discursos que quieren comerle la voz.

Fragmento de Gris al Fondo I

Capitulo I

Escribo una cadena de recomendaciones que me hago, extremar mi desconfianza hacia Luis Cardoso y Orlando. Qué puedo hacer. Le abro la puerta a la duda, al rencor. Una vecina en patas baldea la vereda mientras habla con Lola, que es de las que se dejan contar cosas a cada paso. Tres vecinos por vereda todas las mañanas. Los junta rejunta en confidencias y comentarios. Son dos veredas hasta la parada del colectivo, dos bares y sus esquinas, una plaza chica con algunos canteros y una fuente en el medio, lejos de ser un reino este recorrido parece «una ciudad maravillosa», todavía hay muchas cosas que ver.

Los libros van y vienen en esta no-banda y cada uno lee diferente. Y agarra para su lado más secreto, y también hay libros que no se intercambian. No sé muy bien por qué. No se intercambian.

Café negro, un terrón de azúcar, espero a Lola, fin de su gira comadrona, del cuereo intervecinal, yo rasco la mesa, la paciencia, abro mi libro y me olvido. Es verano de nostalgia de lo ido y me gusta ver la Avenida Montes de Oca subiendo hacia Constitución, apenas unos coches. Nosotros acá, la línea de separación a pocas cuadras, la reputación barrial contra el horizonte de ilusiones. Me gusta salir a la mañana temprano, la calle vacía, charcos de manguerazos, más secadores, más trapo de piso, y yo, libro en el sobaco, camino hacia el kiosco y compro el diario.

Lo que quedó atrás. Lo fracaso en serio. Lo gris al fondo y lo otra vez el Norte. Lo cuaderno de Luis Cardoso, que nos vamos pasando como una misiva, lo no comentario, lo interiorísimo de cada uno, lo que no sale, lo que se queda en el silencio.

No se puede contar una soledad.

Ayer mucha lluvia de verano y entonces me quedé adentro y vino Lola y estaba el cielo gris y tomamos mate con la yerba nueva. Y nos pusimos a mirar la luz y derivamos a lo que no se va del recuerdo y me cuenta que era chica y miraba una procesión, con la mano apoyada en la barrera y su padre estaba entre los que acompañaban a la Virgen y cuando pasó le apretó la mano y ese día había una luz de cielo nuboso pero sin lluvia. Y es algo que la acompaña. Abrimos la ventana para que entre ese poco de viento.

Capitulo II

Cuaderno de Luis Cardoso. Los que no leen novelas, no quieren que leas novelas. Los que no se frotan a los poemas, no quieren que leas poemas. Los líricos desmayados solo quieren que los leas a ellos, los justicieros te arrastran a sus causas y después se toman el primer colectivo que pasa, los gritones viven agitados y creen que la literatura es algo sagrado, más los desmayados de erudición, más lo que leen todo porque no pueden leer nada, menos, y cada vez menos, los que improvisan, los que se concentran, los que hablan poco, los clandestinos, los que no cuentan nada. (Sábado 1 de mayo)

Y ahora que entra Celia y pasa el umbral, y llega, y se sienta, y habla, pide café, sin esa pretensión mitológica del que pide su café, y que a la noche lo cuenta en una cena, mientras hablan de cine, y justo hay de invitado un crítico de cine, él se define como «estudioso», y esa noche el mitológico quedará atrapado en el saber y pagará para que le enseñen plano contra-plano, esas cosas, pero me traigo a Celia, que habla, no dice «mi oralidad», solo habla en voz más bien baja.

No saben qué hacer con ese infinito de sintaxería, de ritmos, de repeticiones. O sí, saben, ignorarlo. O estrangularlo, o hacerla larga, o reducir todo a lánguido acartonado. Vendrán críticos, medirán, te querrán perrito faldero, tirarán líneas, harán el trabajo de zapa de la lectura fingida, y será el eterno intento de poner algunas obras en la basura.

Cuaderno de Luis Cardoso. Estoy muy paranoico. Así que mejor a boca cerrada. (Lunes 16 de mayo)

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