Provinciales

Aguafuertes porteñas inéditas de Roberto Arlt: El elogio de mi viejo librero

El elogio de mi viejo librero

El Mundo, 28 de febrero de 1929. “Aguafuertes porteñas”.

José Prata es mi librero, pero más que aspecto de librero tiene catadura de capitán de marina mercante retirado. In mente, lo he llamado siempre el capitán pirata, porque es más bien bajo, robusto, color de cobre y, además, porque antaño usaba una gorra de visera de hule. Lo que contribuyó a robustecer en mí esta fantástica profesión de pirata, fue el que mi librero estuviera siempre chupando la cola de un toscano, como si en vez de en

contrarse tras del mostrador de una librería, estuviera al timón de una urca.

Y la librería de Prata es la más simpática de Flores. ¿Por qué? No lo sé. Pero si alguien le hubiera dicho a Prata hace catorce años, que el chico que le vendía libros para comprar paquetes de cigarrillos escribiría la historia de su librería, Prata no lo hubiera creído… y yo tampoco.

Hace catorce años ¡Qué distinto era Flores, hace catorce años! ¡Qué distinto, y más lindo! Había mucha menos gente por las calles y un carozo de poeta y una semilla de prosista podían soñar más libremente por sus calles. Y Prata ya florecía en la puerta de su bolichito. Era aquel un negocio tipo pasadizo, el extracto de la Lotería en un costado, libros usados en otro, y una rueda de viejos propietarios conversando con el librero. Y allí iba ya Nalé Roxlo, que más tarde sería gran poeta, y que vendía los libros de su biblioteca por una caja de cigarrillos. Yo, que pedía novelas prestadas y las “reducía” luego para comprar cigarrillos o también otros libros que en las estanterías de la librería eran una tentación. Otro que siempre me acompañaba a la librería de Prata era Juancito Constantini, y también un señor Monti. Y allí, frente a los viejos propietarios, armábamos monumentales discusiones sobre si Carducci era superior a D’Annunzio y viceversa. ¡Oh tiempos pasados! ¡Oh dulce, hermosa, admirable ecuanimidad de Prata que me fio más de un paquete de cigarrillos (que nunca le pagué) y que me vendió más de un hermoso libro a irrisorio precio!

Los tiempos cambian

¡Cuánta agua ha corrido desde entonces bajo los puentes! Si alguien me hubiera dicho que firmaría todos los días mis artículos en un diario de importancia, no lo creyera; si un adivino le dijera a Prata que su bolichito se convertiría en una hermosa librería, con varios dependientes, tampoco lo hubiera creído. Y ahora, cuando entro a la librería de Prata, le digo: –¡Qué tiempos aquellos capitán!, ¿eh?…

Y Prata, sonriendo y chupando su cigarro, me dice: –¡Qué tiempos!, ¿eh?

La igual razón del éxito

Si un tercero me preguntara a qué atribuyo el éxito paralelo de Prata y el mío, diría lo siguiente:

–La razón de nuestro éxito es el don de simpatía; esa cordialidad que involuntariamente pone Prata en vender un oboe o un método musical, y yo en escribir una nota sobre lo primero que se ofrece a mi vista.

Porque Prata es un hombre simpático, cordial. Como nunca sus ambiciones han sido extraordinarias, el éxito lo ha ido acompañando naturalmente, con esa progresiva lentitud de ascenso, que hace que un hombre honrado llegue al final de sus años rodeado de la estimación de sus prójimos y del respeto de sus comerciantes vecinos.

Y el éxito no lo ha cambiado a Prata. Conserva siempre su bello aspecto de hombre retirado de la marina mercante, con la única diferencia que ya no usa gorra con visera de hule; esa gorra que le trajo la suerte, esa gorra que, en el antiguo negocio, seducía a los que juegan a la lotería, y emocionaba a los ancianos que acudían al boliche a conversar de la valorización de la propiedad y del progreso de los barrios de extramuros.

Hombres necesarios

¿Cuántos Pratas hay en esta ciudad? No lo sé; pero estos hombres son útiles al país. Honrados a carta cabal, sin vicios, sin extravagancias, sin orgullo, pacíficos y serenos trabajan toda su vida y siembran la invisible prosperidad en derredor.

Cuando uno conversa con ellos, los encuentra repletos de sensatez y de criterio. Jamás se embarcan en aventuras comerciales ni pretenden, tampoco, enriquecerse bruscamente, sino que la vida es para ellos como una abeja que va depositando, día a día, su migaja de miel en la colmena de su prudencia.

Por eso yo le tengo envidia a Prata. Sí. Le envidio su vida se rena, colmada de pacífico bienestar, le envidio sus jornadas fecundas, sus horas tranquilas detrás del mostrador leyendo los telegramas de los diarios de la mañana; le envidio su satisfacción de pararse a las seis de la tarde, en el umbral de su negocio y oír cómo los vecinos, y cómo las chicas que pasan, le dicen: –Adiós, Prata. Adiós, señor Prata…

Prata saluda cordialmente a todo el mundo. Saluda con esa benevolencia de las vidas maduras que han dejado atrás todos los peligros y que persisten sobre la tierra para demostrarnos, como una historieta de libro de escuela, que la existencia del hombre honrado es en su crepúsculo, una fuente de satisfacciones y de placeres anchos, como los cursos de los grandes ríos.

Y como todos estamos a la recíproca, Prata, en cambio, admira la vida que yo hago, la firma de todos los días en un periódico; el porvenir que quizá me espera, y toda una serie de cosas, que en su imaginación de hombre que jamás ha escrito, deben ser preciosas. Pero yo daría toda mi pequeña fama y mi mala literatura, por ser un librero como Prata, y tener un comercio en el corazón de Flores, y escuchar a los vecinos propietarios confiándome sus historias, y recibir el saludo sonriente de las chicas que pasan. Sí; yo daría lo que tengo por encontrarme en la piel de mi amigo. Y juro que sería mucho más feliz.

Aguafuertes porteñas 1928-1929. Vol I: https://www.eduvim.com.ar/producto/aguafuertes-portenas-1928-1929-vol-i/

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