Aguafuertes porteñas inéditas de Roberto Arlt: Trabaje, amigo; trabaje…
Trabaje, amigo; trabaje…
El Mundo, 30 de agosto de 1929. “Aguafuertes porteñas”.
Al final de una larga carta recientemente recibida, encuentro estos tres renglones, tres renglones que me emocionan y me causan tristeza:
“Sé que mi porvenir será el de la generalidad de los hombres: una vida oscura, una vida pobre, una vida vulgar. Me gustaría ignorarlo todo y ser iluso porque, ciertamente, Arlt, es doloroso saber, tener buena vista y ver siempre el mismo camino adelante, y seguir, dale que dale, al mismo tranco cansador”.
Trabaje, amigo
Trabaje, amigo. Déjese de macanear. Trabaje. ¿Tristezas? ¡Déjese de pavadas! Piense en la “voluntad de potencia”. Veinticinco años tiene usted y habla de “la vida oscura”. No, amigo, déjese de embromar. Y no piense en el éxito. Trabaje. Con rabia, con necesidad, con los dientes apretados; pero trabaje. Así solo se triunfa en la vida. Laburando ¿sabe? Yugando. Le juro, amigo, que su carta, que refleja un estado de espíritu que es el de muchos de mis lectores, me ha causado pena. En serio. Y eso que a mí me gusta reírme de todo. Usted está triste; usted quisiera triunfar; usted quisiera que todas las bellezas que adornan la vida estuvieran al alcance de sus manos. Todo eso es lindo, compañero; pero: hay que trabajar. En la vida no se va a ninguna parte sin optimismo. Y por cada parte de optimismo hay que tener diez de voluntad. Y otras diez, más o menos, de talento. Pero el talento casi siempre se suple con un poco de voluntad. Y con ingenio. Así que ya ve; es fácil.
El talento de desear
¿Me permite un consejo, che?
Para triunfar, en cualquier sentido, hay que desear ardientemente el triunfo. Desearlo de tal manera que este deseo se convierta casi en una obsesión, o en una inofensiva enfermedad mental, ya que la obsesión elevada a ese grado entraría en la categoría de los estados “paranoicos”. Solo así ¿sabe?, se consiguen las cosas. O ¿qué se cree? ¿Que usted es el único que en este planeta está deseando cosas hermosas, grandes, halagadoras? No, compañero. A cada paso que usted da se encuentra con un soñador. Con un hombre que se conformaría con una pequeña cosita. Y que no tan solo no consigue la pequeña cosita, sino que le quitan la que tiene. Es lo que decía Darwin. La “struggle for life”. La “lucha por la existencia”, por el bienestar, por lo agradable. ¿La vida es triste? ¡Pero claro, que es triste!; más para los que no la saben convertir en un hermoso propósito. Nada más.
La negativa tristeza
Me da rabia la gente triste; la gente que le dice a usted que hay que resignarse, que “la vida es así”, que “nos moriremos”. Todos estiraremos las cuatro, pero hasta que llegue el momento hay que darse de patadas con la mala suerte. Si no, ¿adónde vamos a parar? ¿Qué se cree usted, que los rascacielos, que las máquinas estupendas, que los grandes viajes, que las hermosas obras, han sido creadas por escépticos? No, amigo. La vida de un Henry Ford, de un Edison, de un Lenin, de un Einstein, son en sustancia maravillosos poemas de alegría, de confianza cósmica, me atrevería a decir; ya que estos gigantes han movido multitudes de brazos, de ideas, de épocas, de conceptos. ¿Qué quiere con la tristeza? Vaya usted a hablarle a Bernard Shaw, a Mussolini, a cualquiera de esos triunfadores de la tristeza y se le van a reír en la cara. ¿Sabe por qué? Porque en el “hombre-voluntad” la tristeza es un fenómeno imposible. Y si existe lo utiliza en su provecho. Y el que triunfa, ¿sabe por qué ha tenido éxito? Porque el éxito no le interesaba un pepino. Estaba tan seguro de sí mismo, que entonces lo que para los otros es éxito, para él es una consecuencia natural de su forma de afrontar la existencia. “La virtud de un tubo es ser perfectamente cilíndrico y conductor”, dice Waldo Emerson. De manera que triunfar sería la virtud de un triunfador.
De los santos y los profanos
En nuestra época, con un criterio ridículo, hemos despreciado las historias de las vidas de los santos; pero creo que es un error. Si San Agustín viviera hoy, de acuerdo a los conocimientos de la época, crea Ud. que su teodicea sería una revelación para el siglo, ya que con su talento encontraría formas nuevas para explorar el infinito. Pero Ud. lee las vidas de esos hombres, y de pronto llega a esta conclusión, y que no es superficial: todo hombre que en la época necesita triunfar lleva en sí las virtudes al revés de los santos. Estos querían conquistar el cielo de Dios, los otros el cielo de la tierra. Pero con una intensidad interior semejante. Ahora bien: cuando esta intensidad existe, se produce otro fenómeno. El hombre vive para la intensidad, no para el objeto de ella. Es lo mismo que el jugador: vive para el juego, no para el dinero que produce el juego. Creo que me expreso con claridad. Y si usted duda de ello, examine la vida de San Agustín, de San Ignacio de Loyola. Todos ellos fueron naturalezas violentas, apasionadísimas, capaces de remover la tierra y el mar para conseguir lo que deseaban. San Agustín se pinta entero con esta frase ardiente: “Creo en el absurdo”.
¿Dígame? ¿Cómo no va a triunfar, a ser santo o lo que quiera, un hombre semejante? “¡Creo en el absurdo…!”
Labure, amigo, labure
Labure, amigo, labure. Trabaje con alegría, desinteresadamente y va a triunfar. El secreto del triunfo está en el desinterés. Si Ud. piensa que lo que hace le va a dar provecho, fracasará. Nunca piense en el provecho. Hay resultados superiores al provecho. Y sobre todas las cosas sea brutalmente sincero, con usted y con los demás. No tenga miedo. La sinceridad tiene una voz tan poderosa que hasta los sordos escucharán lo que usted tenga para decir. Pero no hable nunca al cuete. Y va a ver, entonces, que la vida deja de ser triste y que “el mismo tranco cansador” deja de serlo, para convertirse en un paso seguro y victorioso.
Aguafuertes porteñas 1928-1929. Vol II: https://www.eduvim.com.ar/producto/aguafuertes-portenas-1928-1929-vol-ii/